The Chronicle of the Last Bloom
Movimiento Seis — El Camino Hacia la Piedra
El viaje hacia el pueblo tomó dos días enteros, aunque en cualquier otra circunstancia habría tomado menos de uno. El pequeño, con el cuerpo consumido por el fuego que no dejaba de crecer, avanzaba a una fracción de su velocidad normal, cada paso una negociación entre lo que quedaba de su fuerza y el dolor que amenazaba con doblarle las patas en cualquier momento.
Su madre marcaba el ritmo sin apurarlo nunca más allá de lo que su cuerpo enfermo podía dar, pero tampoco permitiéndole descansar más tiempo del estrictamente necesario. Cada vez que él se detenía, ella se detenía también, esperando, presionando el hocico contra su costado en ese gesto que él ya conocía como la forma más pura de "estoy aquí" que su madre tenía disponible. Y cada vez que el descanso se alargaba demasiado, ella lo empujaba, suave pero insistente, de vuelta hacia el camino, porque en algún lugar de su instinto, sabía —sin poder explicar cómo lo sabía— que detenerse por completo era, quizás, más peligroso que seguir avanzando.
El pequeño, en los tramos más lúcidos de fiebre, observaba a su madre con una atención nueva, distinta a la de cualquier otro día de su vida. La veía avanzar con una determinación que nunca antes le había visto —no la cautela permanente que solía definir cada uno de sus movimientos, sino algo más cercano a la urgencia, algo que rompía deliberadamente las reglas que ella misma se había impuesto durante años. Y en algún momento de esa observación, entendió, con la clase de certeza que solo llega cuando el cuerpo está demasiado débil para mentirse a sí mismo, que su madre estaba dispuesta a caminar directo hacia el peligro más grande que conocía con tal de salvarlo.
No tenía palabras para lo que eso significaba. Pero lo sentía, en el pecho, con la misma intensidad con la que sentía el fuego en los huesos.
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Llegaron al borde del pueblo al atardecer del segundo día, las primeras paredes de piedra alzándose contra un cielo que empezaba a teñirse de naranja y gris. El pequeño, incluso a través de la fiebre, sintió algo parecido al terror puro cuando las vio: estructuras enormes, más altas que cualquier árbol que hubiera visto crecer en el bosque, construidas por manos que no eran las de ningún animal que conociera, dispuestas en filas que sugerían un orden deliberado, un control sobre el mundo que ningún depredador del bosque, por más peligroso que fuera, había demostrado nunca poseer.
Su madre avanzó de todas formas, con la cautela que sí conservaba —los ojos girando constantemente, las orejas atentas a cada sonido nuevo— pero sin detenerse, sin dejar que el miedo la hiciera retroceder. El pequeño la siguió lo mejor que pudo, arrastrando un cuerpo que cada vez respondía menos a lo que le pedía, aferrado a la única certeza que le quedaba: donde fuera su madre, él iría también.
Desde la perspectiva de ella —y este es un punto que merece contarse con cuidado, porque explica lo que vendría después— las paredes de piedra no eran, en su experiencia limitada, un lugar de muerte segura. Había visto, en los años errantes antes de que naciera su hijo, a otros animales de su especie entrar a esos lugares heridos o enfermos y salir, tiempo después, curados. Caballos con patas rotas que después caminaban con normalidad. Cabras con heridas abiertas que después las llevaban cerradas y limpias. No entendía el mecanismo —no tenía manera de entenderlo— pero había registrado, con la misma clase de memoria instintiva que registra dónde crece la hierba más dulce, que las paredes de piedra a veces, no siempre, pero a veces, arreglaban lo que estaba roto.
No tenía manera de saber que esa misma gente que curaba animales rotos también sabía distinguir, con una precisión cruel, entre un animal ordinario y algo que podía venderse por mucho más que la carne o el trabajo de un animal ordinario.
No tenía manera de saber lo que estaba a punto de pasar.
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