Movimiento Siete — Lo Que Vieron los Ojos que Nunca Aprendieron a Mentir
El veterinario del pueblo era un hombre de manos gruesas y ojos entrenados en distinguir, con una mirada, cuánto valía cualquier animal que cruzara su puerta. Cuando vio acercarse a la burra —una hembra flaca, de pelaje descuidado por años de vida errante, pero sana, funcional, con las patas fuertes de quien ha caminado más de lo que cualquier animal doméstico camina en su vida— no sintió más que el interés ordinario de su oficio.
Cuando vio lo que la seguía, algo en su expresión cambió por completo.
El pequeño, incluso a través de la fiebre, notó el cambio. No entendía las palabras que empezaron a intercambiarse alrededor de él —voces bajas, urgentes, un tono que reconoció, con el mismo instinto que había heredado sin pedirlo de su madre, como el tono que la gente usa cuando ha encontrado algo que quiere y no está segura de cómo quedárselo sin que nadie más lo note primero. No entendía las palabras. Pero entendía la forma en que los ojos lo recorrían, de arriba abajo, calculando algo que no tenía nada que ver con su enfermedad y todo que ver con lo que su cuerpo, deforme y raro y único, podría valer para alguien dispuesto a exhibirlo, o a venderlo, o simplemente a quedárselo como una curiosidad de feria.
Su madre también lo notó. El pequeño vio cómo el cuerpo de ella se tensaba, cómo las orejas se echaban hacia atrás, cómo un gruñido bajo —el mismo sonido de advertencia que le había enseñado a temer el peligro desde niño— empezaba a formarse en su garganta. Pero estaba débil también, agotada por dos días de camino sin apenas descanso, y rodeada, cada vez más, por gente que se acercaba desde distintas direcciones con la clase de curiosidad calculadora que ningún depredador del bosque había mostrado nunca hacia ellos.
"Ese es el monstruo que va con la burra."
"Vamos a ser ricos."
El pequeño no entendía el lenguaje humano, pero si lo hubiera entendido, habría escuchado exactamente esas palabras, y otras parecidas, pasando de boca en boca entre la gente que empezaba a rodearlos en un círculo que se cerraba con la lentitud paciente de quien sabe que su presa ya no tiene manera de escapar. Habría escuchado la vanidad física de gente calculando cuánto oro, cuánta fama, cuánta atención podría comprarles algo tan raro como él. Habría entendido, mucho antes de que sucediera, lo que estaba a punto de pasar.
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No lo entendió. Solo sintió el círculo cerrándose, sintió a su madre poniéndose entre él y el peligro con el mismo instinto absoluto de siempre, sintió su propio cuerpo demasiado débil para hacer nada más que quedarse cerca de ella y esperar.
La flecha llegó sin ningún tipo de advertencia previa.
Un solo movimiento, calculado por alguien que sabía exactamente dónde apuntar para inmovilizar sin matar del todo —porque un animal muerto no valía tanto oro como uno vivo, herido pero controlable—, y el cuerpo de su madre se sacudió con un dolor que el pequeño sintió en el suyo propio, como si el fuego en sus propios huesos se hubiera extendido, de golpe, al cuerpo de ella también.
Se acercó, arrastrando lo poco que le quedaba de fuerza, y le lamió la herida como pudo, sin entender del todo lo que estaba pasando, solo entendiendo que algo profundamente malo había ocurrido, que su madre —la misma que lo había protegido de lobos y de fríos y de la soledad absoluta de haber sido rechazado por su propia especie— estaba herida, y que él, en ese momento, no tenía manera de protegerla de vuelta.
Vio la soga que alguien lanzaba hacia ella, un lazo grueso pensado para inmovilizar, y algo en su pecho —el mismo lugar de donde había venido siempre esa presión que espantaba a los depredadores, el mismo lugar donde había sentido, tantas noches, el eco distante de ese zumbido persiguiendo a un padre que nunca había conocido— se quebró de una forma que no tenía nombre en ningún lenguaje que él conociera.
¿Por qué? pensó, o sintió, porque en ese momento pensar y sentir ya no eran cosas distintas. ¿Qué habíamos hecho mal? ¿Por qué estábamos aquí, si ella misma me enseñó, toda mi vida, a evitar exactamente este lugar?
No tenía respuesta. Solo tenía el peso creciente del círculo de gente cerrándose alrededor de ellos, las voces calculando en un idioma que no entendía cuánto valdrían vivos, la fiebre nublándole cada vez más la vista, y su madre, herida, temblando, todavía poniéndose entre él y el mundo entero con el último instinto que le quedaba.
Fue en ese momento exacto, con la soga a medio camino en el aire y la flecha todavía temblando en el cuerpo de su madre, que lo que este relato ha estado construyendo desde su primera línea finalmente sucedió.
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