The Chronicle of the Last Bloom
Movimiento Diez — Lo que el Pueblo Celebró
El pueblo, en las semanas que siguieron, contaría la historia de aquel día a su manera, la única manera en que la gente sabe contar las cosas que no entiende del todo: convirtiéndola en un mito manejable.
Hablaron de la ira justa que había caído sobre quienes se habían atrevido a levantar armas contra un niño inocente. Hablaron, con el tiempo y con la exageración natural que toda historia adquiere al pasar de boca en boca, de que los muertos aquel día no habían sido víctimas sino culpables, hombres codiciosos que habían intentado capturar y vender al hijo del mesías que el mundo entero, según las historias más viejas que empezaban a resurgir con fuerza renovada, había creado para salvarlo. El pueblo celebró, a su manera retorcida, la muerte de "los infelices" que habían osado tocar lo que pertenecía a una fuerza tan superior a ellos que ni siquiera merecía la pena imaginar su verdadero rostro.
Nadie, en esas celebraciones, se detuvo a pensar en la burra congelada en un sótano en las afueras del pueblo, ni en el niño enfermo que la había acompañado hasta ahí, ni en el hecho simple y sin adornos de que todo lo ocurrido aquel día no había sido el castigo divino de un dios distante y satisfecho, sino la reacción desesperada de un padre que había pasado años huyendo, exclusivamente, para mantener con vida a la familia que ahora, por fin, había tenido que abandonar de nuevo.
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El pequeño no escuchó ninguna de esas historias que el pueblo empezó a contarse a sí mismo. Para cuando la gente comenzó a hablar de mesías y de justicia divina, él ya se había alejado del centro del pueblo, guiado por un instinto que no necesitaba palabras humanas para entender una sola cosa con total claridad: tenía que encontrar dónde había quedado el cuerpo de su madre.
La encontró en el sótano de la casa del veterinario, la única estructura que había quedado en pie, casi intacta, entre el caos que su padre había dejado atrás. El cristal que la envolvía brillaba con una luz suave, casi cálida, que contradecía por completo el frío que uno esperaría de algo llamado "congelado". Se acercó, apoyó su cuerpo pequeño contra la superficie transparente, y sintió, a través del cristal, algo que podía jurar era el mismo calor de siempre, el mismo latido lento y constante que había conocido cada noche de su vida durmiendo contra el costado de su madre.
No lloró, aquella primera vez, aunque tenía todos los motivos del mundo para hacerlo. Se quedó, simplemente, apoyado contra el cristal, sintiendo el calor imposible que salía de dentro, entendiendo, sin necesitar que nadie se lo explicara, que su madre no estaba muerta. Estaba esperando. Y él, mientras tanto, tendría que aprender a vivir un tipo de vida completamente nuevo, sin ella caminando a su lado, pero también sin haberla perdido del todo.
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