The Chronicle of the Last Bloom

Movimiento Once — Los Años Entre Medias



El pueblo, con el tiempo, aprendió a tolerarlo, aunque tolerar no es lo mismo que aceptar. Le dieron un lugar donde dormir —la misma casa del veterinario, cuyo dueño había muerto aquel primer día junto al resto de los que habían levantado armas contra él, y que ahora nadie más se atrevía a reclamar por miedo a atraer sobre sí la misma furia que había caído sobre sus antiguos ocupantes. Le dejaron quedarse con el cristal en el sótano, nadie osando moverlo ni un centímetro de donde el mesías mismo lo había dejado.

Creció ahí, entre gente que lo miraba con una mezcla incómoda de reverencia y miedo, nunca del todo aceptado, nunca del todo rechazado tampoco, ocupando ese espacio extraño que solo puede ocupar alguien a quien todos temen ofender pero nadie realmente quiere cerca. Aprendió, poco a poco, el lenguaje de los seres de dos patas, aunque nunca dejó de sentir, en algún rincón de sí mismo, que ese lenguaje pertenecía a un mundo que nunca terminaría de ser completamente suyo.

Cada noche, sin falta, bajaba al sótano. Se sentaba junto al cristal, apoyaba el cuerpo contra la superficie fría por fuera pero cálida por dentro, y le contaba a su madre —aunque ella no podía escucharlo, aunque quizás nunca volvería a escucharlo— todo lo que había pasado ese día. Los pequeños triunfos, las pequeñas humillaciones, la soledad que nunca terminaba de irse del todo por más que el pueblo entero lo tratara, en público, con un respeto reverencial que no se sentía, ni de lejos, como el amor simple y sin condiciones que había conocido corriendo por los claros del bosque junto a ella.

Stolen story; please report.

Nunca volvió a ver a su padre. Escuchó, algunas noches, todavía, el eco distante de ese zumbido cruzando el cielo, y supo, sin necesitar confirmación, que la persecución seguía, en algún lugar de Something demasiado vasto para que él pudiera imaginarlo completo, sin ninguna señal de terminar pronto. Aprendió a vivir con eso también, de la misma forma en que había aprendido a vivir con casi todo lo demás en su vida extraña y desproporcionada: sin resentimiento, sin exigir explicaciones que sabía que nadie podría darle, cargando el amor de un padre ausente de la misma manera silenciosa en que había cargado, toda su infancia, el amor sin palabras de una madre que nunca pudo decirle que lo quería, pero que se lo había demostrado, cada día, con el único lenguaje que tenía disponible.


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