The Chronicle of the Last Bloom

Movimiento Doce — "Mamá, Estoy en Casa"

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Los años pasaron con la lentitud terca con la que pasan siempre para quien los está contando uno por uno, esperando algo que nunca termina de llegar.

El pequeño creció hasta convertirse en algo que ya no era del todo pequeño, un cuerpo que había aprendido, con el tiempo, a habitar la extraña mezcla de burro y cerdo y algo más que nunca terminaría de tener nombre propio, con una gracia torpe pero funcional que le había tomado toda una vida desarrollar. Aprendió oficios que el pueblo, en su reverencia incómoda, le ofrecía sin atreverse jamás a exigírselos del todo. Aprendió, incluso, algo parecido a la aceptación, aunque nunca del todo la pertenencia.

Pero cada noche, sin falta, seguía bajando al sótano.

Aquella tarde en particular —una tarde que no tenía nada de especial más allá de ser, simplemente, una más entre miles idénticas— volvió a casa después de un día largo, el cuerpo cansado de la forma ordinaria y no dramática en que se cansa cualquier cuerpo después de trabajar bajo el sol. Bajó las escaleras del sótano con el mismo ritual silencioso que había repetido cada día desde aquel primer día, hacía ya tantos años que había dejado de contarlos con precisión.

El cristal seguía ahí, exactamente donde su padre lo había dejado, brillando con esa misma luz suave y cálida que nunca había cambiado, ni un solo grado, en todo el tiempo transcurrido. Se acercó, y apoyó el cuerpo entero contra la superficie, sintiendo el calor familiar filtrándose a través del cristal como lo había sentido cada noche de su vida adulta.

—Mamá, estoy en casa —dijo, en voz baja, en el lenguaje humano que había aprendido a lo largo de los años pero que nunca dejaba de sentir un poco ajeno cuando lo usaba para hablarle a ella.

Ella no podía escucharlo, quizás. O quizás sí, de alguna manera que ni el poder que la había puesto ahí ni la ciencia limitada de aquel pueblo medieval podían explicar del todo. El pequeño —que ya no era pequeño, que ya era, en todos los sentidos que importaban, un adulto cargando el peso entero de una infancia que nadie más podría entender jamás— nunca lo sabría con certeza.

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Pero recordaba, cada vez que apoyaba el cuerpo contra ese cristal, la figura imponente que los había protegido cuando estaban siendo cazados. Recordaba que nunca había sentido el amor de una madre expresado con palabras, porque su madre nunca había tenido la conciencia necesaria para formar esas palabras. Y recordaba, con la misma claridad de siempre, que eso nunca había importado, ni una sola vez, en todo el tiempo que habían pasado juntos. Ella lo había protegido con instinto puro, lo había alimentado con el único lenguaje que tenía disponible, había comprendido —él estaba seguro de eso, tan seguro como de cualquier otra cosa en su vida— los sentimientos y las emociones que él sentía, incluso sin tener nunca las palabras para nombrarlos de vuelta.

Otros la habían considerado, siempre, solo un animal.

A él, eso le había dado igual desde el primer día y le seguiría dando igual hasta el último. Era la madre que le había dado vida. Era un ser, tan válido y tan completo como cualquier otro que caminara sobre Something, con o sin la conciencia que el resto del mundo parecía exigir como condición para merecer amor.

Se quedó ahí, apoyado contra el cristal cálido, en la quietud del sótano, mientras afuera el pueblo seguía con su vida ordinaria, sin saber —sin poder saber jamás— todo lo que ese cristal contenía. No solamente un cuerpo suspendido entre la vida y algo que no era del todo la muerte. Contenía, también, la prueba silenciosa y sin palabras de que el amor no necesita conciencia para ser real, que no necesita lenguaje para sostenerse, que a veces —las veces que más importan— se demuestra exactamente con lo que hace un cuerpo por otro cuando nadie más está mirando, y nadie espera nada a cambio.

Afuera, en algún lugar de un cielo demasiado vasto para que ningún habitante de aquel pueblo llegara jamás a comprenderlo del todo, un zumbido lejano seguía cruzando la distancia entre dos puntos que nunca terminaban de encontrarse. El pequeño, ya adulto, ya no levantaba la vista cada vez que lo escuchaba. Había aprendido, con los años, que algunas persecuciones no tienen final previsible, y que la única forma honesta de vivir bajo su sombra era, simplemente, seguir viviendo.

Apoyó la frente contra el cristal una última vez, esa noche, y cerró los ojos.

—Estoy en casa —repitió, en voz todavía más baja, casi un susurro dirigido a nadie más que a sí mismo.

Y en algún lugar dentro del cristal, si algo así era posible, algo pareció responder con el mismo calor de siempre.

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