Movimiento Nueve — El Encuentro que Nunca Tuvo Palabras
El padre se acercó a ellos —a la burra herida, temblando en el suelo con la flecha todavía clavada en su costado, y al pequeño, apenas capaz de mantenerse en pie junto a ella— con una lentitud que contrastaba de manera casi violenta con la furia absoluta que acababa de desatar sobre el resto del pueblo.
El pequeño lo miró, y en ese primer y único encuentro directo con la figura que había perseguido su imaginación durante años sin nombre ni rostro, entendió varias cosas al mismo tiempo, con la clase de claridad instantánea que a veces llega en los momentos de mayor peligro.
Entendió que ese era su padre. No necesitó que nadie se lo dijera; lo sintió de la misma manera en que había sentido, toda su vida, el eco distante de esa presencia en su propio pecho, la misma firma invisible que espantaba a los lobos, ahora presente en toda su magnitud original en vez de en el fragmento diluido que él había cargado sin saberlo.
Entendió, también, aunque esto le tomaría años de reflexión posterior para articularlo del todo, que estaba frente a algo que el mundo entero, si hubiera tenido oportunidad de discutirlo, habría llamado un mesías. El elegido. El verdadero salvador que Something había producido, según algunas historias que el pequeño escucharía después, para proteger el equilibrio de la existencia misma. Pero en ese momento, arrodillado en el barro junto al cuerpo herido de su madre, ninguna de esas palabras grandes le importaba. Solo le importaba una cosa, más simple y más urgente que cualquier mito: que su madre estaba herida, y que la figura frente a él tenía, evidentemente, el poder de arreglar eso.
Su padre no dijo nada, al principio. Se arrodilló —el gesto extraño en un cuerpo tan inmenso, tan cargado de poder contenido, doblándose voluntariamente hacia lo pequeño y lo frágil— y posó una de sus patas delanteras sobre el costado herido de la burra, justo donde la flecha seguía clavada.
El pequeño sintió, más que vio, lo que pasó después. Una calidez que no tenía nada que ver con la fiebre que todavía lo consumía a él, extendiéndose desde el punto de contacto y recorriendo el cuerpo entero de su madre. La flecha, que un momento antes seguía clavada en su carne, simplemente dejó de estar ahí, no extraída con violencia sino disuelta, como si nunca hubiera formado parte de la realidad que rodeaba a ese cuerpo. La herida se cerró. El temblor que había sacudido a su madre desde el impacto se calmó, poco a poco, hasta detenerse.
Pero algo más pasó también, algo que el pequeño no entendería del todo hasta mucho más tarde, hasta que ya fuera un adulto capaz de reflexionar sobre lo que había presenciado con la distancia necesaria para comprenderlo: su madre, mientras la calidez la recorría, se quedó quieta de una forma distinta a como se quedaba quieta cuando dormía. Su respiración se hizo más y más lenta, hasta detenerse en un punto exacto, suspendida, ni viva en el sentido ordinario ni muerta en el sentido definitivo, sino algo intermedio, algo que el padre había elegido con una precisión que solo un poder tan vasto podría ejercer: la había congelado, entera, dentro de un cristal que empezó a formarse alrededor de su cuerpo con la misma lentitud silenciosa con la que se forma el hielo sobre un estanque en la primera noche verdaderamente fría del invierno.
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El pequeño quiso gritar, quiso preguntar por qué, quiso entender qué significaba ver a su madre desaparecer dentro de una superficie transparente y fría en vez de simplemente curarse y despertar, pero antes de que ninguna palabra lograra formarse en su garganta ya cerrada por el pánico, sintió la misma calidez tocándolo a él.
El fuego en sus huesos se apagó de golpe. No gradualmente, no la lenta recuperación que un cuerpo normal habría necesitado después de días de fiebre, sino todo de una vez, como si la enfermedad entera hubiera sido, para un poder de esa magnitud, apenas un detalle sin peso que corregir.
Y entonces, antes de que el pequeño pudiera decir nada, antes de que pudiera preguntar por qué, antes de que pudiera siquiera empezar a procesar el hecho de estar, por primera vez en su vida, frente a su padre, sintió algo más en el aire. Un cambio en la presión, distinto al que había anunciado la llegada de su padre. Un zumbido, todavía distante pero acercándose, del mismo tipo grave y mecánico que había escuchado tantas noches solo, mirando el cielo junto a su madre.
Su padre lo miró entonces, por primera y —aunque el pequeño no lo sabría hasta mucho después— única vez en mucho tiempo, con una expresión que no encajaba del todo en la furia absoluta que había mostrado momentos antes, ni en la ternura silenciosa con la que había curado a su madre. Era algo más complicado que ambas cosas. Algo que se parecía, si el pequeño hubiera tenido la edad y el vocabulario para nombrarlo entonces, a una disculpa que llegaba demasiado tarde y duraría demasiado poco.
No dijo nada. No había tiempo para decir nada. El zumbido se hacía más fuerte, la presión en el aire cambiando de nuevo, y el padre, con la misma ausencia de despedidas ceremoniosas con la que había aparecido, empezó a desvanecerse de la misma manera en que el mundo se dobla alrededor de algo demasiado grande para permanecer fijo en un solo lugar.
Antes de desaparecer del todo, el pequeño sintió, más que escuchó, una última cosa: no palabras exactamente, sino algo parecido a una intención transmitida directamente, sin necesidad de lenguaje. Cuídala. Cuídate. Volveré cuando pueda, y si no puedo, sabe que esto —todo esto— siempre fue amor, aunque nunca haya tenido la manera de mostrártelo de cerca.
Y entonces se fue, tragado por las costuras mismas de Something, dejando atrás solamente el eco de su propia presencia disolviéndose en el aire, y un cristal frío y transparente en el que dormía, suspendida entre la vida y algo que no era del todo la muerte, la única madre que el pequeño había conocido jamás.
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