The Chronicle of the Last Bloom

Movimiento Cuatro — El Zumbido que Nunca Terminaba de Llegar

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Hubo noches, en esos años felices, en que el pequeño se despertaba solo, sin razón aparente, el cuerpo tenso antes de que la mente terminara de entender por qué.

Miraba hacia el cielo. Y ahí estaba, siempre en el mismo borde lejano del mundo, siempre lo suficientemente distante como para no distinguir formas pero lo suficientemente cerca como para escuchar el sonido: un zumbido grave, mecánico, incesante, el tipo de ruido que un insecto gigantesco haría si un insecto gigantesco pudiera llevar sobre su lomo el peso de una guerra entera. A veces se acompañaba de una luz —no cálida como la de las estrellas, sino fría, azulada, del color de un metal antiguo— que se movía en línea recta a través del cielo con una determinación que ningún fenómeno natural que el pequeño hubiera visto antes poseía.

Su madre, en esas noches, se despertaba también, aunque nunca por la misma razón que él. Se despertaba porque él se despertaba, porque incluso dormida, alguna parte de ella permanecía alerta a los cambios en la respiración de su hijo. Se acercaba, presionaba el hocico contra su costado, y se quedaba así, quieta, sin entender lo que fuera que estuviera pasando en el cielo, entendiendo solamente que su hijo tenía miedo, y que ese miedo merecía compañía aunque no pudiera resolverse.

El pequeño nunca le contó —porque no tenía cómo, y porque incluso si hubiera tenido cómo, no habría sabido qué palabras usar— que cada vez que veía esa luz fría cruzando el cielo, sentía, en algún lugar debajo del pecho, una certeza sin origen claro: que ese zumbido no era un fenómeno del cielo como la lluvia o el trueno. Era una persecución. Y en algún lugar de Something, mucho más allá de lo que sus ojos de niño podían alcanzar, alguien estaba corriendo de eso.

No sabía todavía que ese alguien era su padre.

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No sabía todavía que la razón por la que nunca había conocido a su padre, la razón por la que su madre nunca había tenido pareja al lado que la ayudara a cazar o a defenderlos, no era que su padre los hubiera abandonado por indiferencia. Era que quedarse cerca de ellos —quedarse el tiempo suficiente para que Something notara con precisión dónde se encontraba— habría sido, para su padre, firmar la sentencia de muerte de todo lo que amaba.

Había una palabra para lo que perseguía a su padre, aunque el pequeño no la aprendería hasta mucho después, hasta que ya fuera demasiado tarde para que esa palabra le sirviera de algo. Corrección. Something, en su arquitectura vasta e indiferente, había producido una anomalía —un cerdo capaz de crear mundos enteros con la misma facilidad con la que otros seres respiraban, una fuerza tan desproporcionada respecto a todo lo que la rodeaba que su sola existencia amenazaba el equilibrio de cosas que ni el propio Something terminaba de entender del todo— y había respondido, como respondía siempre frente a lo que no podía clasificar limpiamente, enviando algo diseñado exclusivamente para contenerlo. Un caballero insecto, montado sobre otro cerdo, armado con un tridente forjado de la misma sustancia indiferente que había forjado a su padre. Un contrapeso. Una herramienta.

La Mosca no dormía. La Mosca no se cansaba, no en el sentido en que un cuerpo mortal se cansa. La Mosca perseguía a su padre a través de Something entero, de planeta en planeta, de cielo en cielo, con la paciencia mecánica de algo que no necesitaba ganar rápido, solo necesitaba no dejar nunca de intentarlo.

Y su padre, cargando ese peso, había tomado la única decisión que un ser así de inmenso podía tomar sin condenar a la única familia que le importaba: desaparecer. Mantenerse en movimiento. Nunca quedarse el tiempo suficiente en ningún lugar para que la persecución encontrara, junto a él, a la burra y al hijo que había dejado atrás.

El pequeño no sabía nada de esto, esas noches, mirando el cielo con el cuerpo tenso y su madre presionada contra su costado. Solo sabía que algo, en algún lugar, dolía. Y que ese dolor, sin que pudiera explicarlo, se sentía como una forma de amor que nunca había tenido la oportunidad de recibir en persona.

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