The Chronicle of the Last Bloom

Movimiento Tres — Días Felices, del Tipo que Nadie Cuenta



Este capítulo no quiere ser solamente una tragedia, y sería una mentira contarlo como si lo fuera desde el principio hasta el final, porque hubo años —no meses, años enteros— en los que el pequeño y su madre fueron, dentro de los límites estrechos y peligrosos del mundo que les tocó, genuinamente felices.

La felicidad de un burro sin conciencia plena y un híbrido consciente de más de lo que debería no se parece a la felicidad que los seres de dos patas se cuentan entre ellos en sus historias. No había palabras de cariño, porque su madre no tenía palabras que dar. No había promesas susurradas al oído, ni las mil pequeñas ceremonias con las que las criaturas conscientes suelen decorar el amor para hacerlo más fácil de reconocer. Había, en cambio, otras cosas. Había una nariz húmeda empujándolo suavemente contra un costado tibio cuando el frío apretaba de más. Había un cuerpo entero que se colocaba, sin que nadie lo pidiera, entre él y cualquier sonido desconocido que llegara desde la oscuridad del bosque. Había las orejas de su madre, siempre atentas, siempre girando hacia donde él estuviera, como si todo el resto del mundo pudiera esperar pero él nunca.

Y había, del lado de él, algo que tampoco tenía palabras exactas pero que se sentía, en el pecho, exactamente como se debía sentir el amor: la costumbre de acurrucarse contra ella cada noche no porque tuviera frío —muchas veces no lo tenía— sino porque el calor de su cuerpo era la única prueba constante, repetida cada noche sin falta, de que todavía tenía a alguien. La costumbre de vigilarla mientras dormía, sabiendo que ella nunca podría agradecérselo con palabras, y haciéndolo de todas formas, porque agradecérselo con palabras nunca había sido el punto.

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Jugaban, a su manera. Ella corría en círculos amplios por los claros del bosque, y él —torpe, desproporcionado, sus patas nunca del todo de acuerdo entre sí sobre qué animal debían intentar ser— corría detrás, cayendo más de lo que corría, y su madre, en vez de dejarlo atrás, aminoraba el paso justo lo suficiente para que la distancia entre ellos nunca se hiciera demasiado grande. Él aprendió a leer, en la forma en que ella giraba la cabeza hacia atrás para comprobar que seguía ahí, algo que solo podía llamar preocupación, aunque nunca hubiera tenido a nadie que le enseñara esa palabra.

Comían juntos lo que el bosque les daba —hierba dulce en las laderas donde el sol llegaba más tiempo, raíces que su madre sabía desenterrar con una habilidad que él nunca terminó de igualar, fruta caída de árboles que ninguno de los dos podía nombrar— y en esas comidas tranquilas, con el estómago lleno y ningún depredador cerca, el pequeño sentía algo que solo mucho después, de adulto, tendría el vocabulario para llamar paz.

Fue en una de esas tardes tranquilas, el sol bajando lento sobre un valle que ninguno de los dos sabía que tenía nombre en ninguna lengua humana, que el pequeño entendió, sin necesidad de que nadie se lo explicara, una verdad simple que llevaría con él el resto de su vida: no importaba lo que el resto del mundo pensara de ellos. No importaba que las manadas los hubieran rechazado, que los pueblos de piedra a la distancia los miraran, cuando los miraban, como algo entre curiosidad y amenaza. Tenía una madre. Ella tenía un hijo. Eso, en un mundo que no les debía nada, era suficiente.

No sabía, todavía, cuánto le iba a costar aprender que "suficiente" y "seguro" nunca habían sido la misma palabra.


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