Sheijuu. [Español]
Capitulo 48: El lenguaje del combate.
# Capítulo 48
## El lenguaje del combate
La primera lección llegó antes del amanecer.
Majull no había dado aviso. Cuando Sheijuu salió del sueño ligero, encontró la voz del guardián ya activa, con el tono que distinguía las instrucciones de las observaciones, directo y sin preámbulo, como si la conversación hubiera empezado antes de que él terminara de despertar.
—Dime qué hiciste mal contra Azharel.
Sheijuu se incorporó sobre la raíz donde había descansado y miró el bosque aún oscuro a su alrededor. Las criaturas nocturnas del planeta, algunas luminiscentes, otras completamente invisibles salvo por el sonido que producían al moverse entre la vegetación, continuaban sus actividades con la calma de quienes llevaban allí mucho más tiempo que cualquier visitante reciente.
—Las improntas —dijo—. No las usé.
—¿Qué más?
—La Runa del Vacío. La usé solo para percibir y rastrear.
—¿Qué más?
Sheijuu pensó durante un momento con más honestidad de la que resultaba cómoda.
—Gasté Escencia en gestos que no conectaron. La explosión indiscriminada al principio fue un error. Costosa y sin resultado proporcional.
—Sí. ¿Qué más?
—No tenía técnicas de área, él sí. Todo lo que intenté era directo, uno a uno, lo que contra alguien de esa velocidad significa que siempre estás reaccionando a donde está, nunca a donde va a estar hasta que te aprendas su patrón.
—Bien —dijo Majull—. Eso está exactamente bien. Empezamos con eso.
El planeta despertó alrededor de ellos mientras la luz comenzaba a filtrarse entre las copas de los árboles enormes, transformando los colores del bosque de la oscuridad uniforme de la noche a la explosión variada del día, con esa calidad de luz filtrada por múltiples capas de follaje que hacía que todo pareciera levemente irreal, demasiado saturado para ser completamente natural.
—Pon ambas manos sobre el suelo —indicó Majull.
Sheijuu lo hizo.
El musgo que cubría la tierra era grueso y húmedo bajo las palmas, con esa textura de algo vivo que respondía al tacto de una forma sutil, comprimiéndose ligeramente bajo la presión. A través de él, más abajo, la tierra propiamente dicha, y más abajo todavía, algo que el Ojo del Vacío percibía como una red densa de Escencia ambiental fluyendo entre las raíces de los árboles enormes, conectándolos entre sí en un sistema que era más complejo de lo que parecía desde la superficie.
—Siente la Escencia del suelo.
—La siento.
—No la tuya. La del suelo.
Sheijuu ajustó la percepción, separando lo que venía de su propio sistema de lo que existía en el entorno, un ejercicio que meses atrás había requerido concentración deliberada y que ahora ocurría con la fluidez de algo que se ha practicado hasta volverse automático.
La Escencia ambiental del planeta era densa y antigua, con una textura diferente a la de Sadoku, más interconectada, como si cada elemento del ecosistema estuviera en conversación constante con los demás a través de ese flujo invisible.
—Ahora dale instrucciones.
—¿Qué instrucciones?
—Dile que suba. No de golpe. Despacio. Cerca de la superficie, sin romperla todavía. Como agua que se acumula bajo una membrana antes de atravesarla.
Sheijuu intentó traducir esa imagen en intención precisa, el tipo de instrucción que la Escencia entendía no como palabras sino como la imagen clara de lo que se quería que ocurriera. La Escencia del suelo respondió con una lentitud que al principio pareció resistencia pero que después identificó como simplemente su naturaleza: era Escencia ambiental, no la suya, y tenía sus propios tiempos.
Algo se movió bajo el musgo.
No visible todavía, solo perceptible, una tensión en la superficie que podría haber pasado por un asentamiento natural del terreno si no se estuviera buscando exactamente eso.
—Bien. Ahora más. Guíala hacia un punto concreto y concéntrala ahí.
El resultado esta vez fue visible: el musgo se tensó sobre un área del tamaño de una mano, levantándose ligeramente, con la presión de lo que se acumulaba debajo haciendo que la superficie vibrara con una frecuencia muy baja.
—Ahora súbela.
El pincho salió hacia arriba con una brusquedad que sorprendió a Sheijuu aunque fuera él quien lo había generado, rompiendo el musgo y la tierra superficial y elevándose hasta la altura de una rodilla antes de detenerse, inestable, con la Escencia que lo sostenía temblando por la falta de instrucciones precisas sobre qué debía ser exactamente.
Majull lo observó.
—Tardaste once segundos desde el principio hasta que salió. En un combate real, once segundos es suficiente para que cualquier oponente que valga algo se mueva tres veces y decida que no le interesa estar donde están tus pies.
—Lo sé.
—¿Y?
—Y el objetivo no es que no lo vean venir, no necesariamente. El objetivo es, que aunque lo vean venir, no puedan apartarse a tiempo de todas formas.
—Exactamente. Esta técnica no es un engaño. Es una trampa que funciona aunque el enemigo sepa que existe, si se ejecuta lo suficientemente rápido. ¿Cuánto tiempo crees que necesitas para bajar de once segundos a menos de uno?
Sheijuu miró el pincho todavía tembloroso frente a él.
—Días.
—Semanas —lo corrigió Majull—. Pero empezamos hoy.
Las siguientes horas establecieron el ritmo de lo que serían los días siguientes: repetición sin concesiones, con Majull señalando cada ineficiencia con la misma precisión clínica con que Sheijuu había visto a los mejores instructores del ejército de Valthar operar, sin crueldad, pero sin tolerar ninguna imprecisión, ni siquiera las que en otro contexto habrían pasado por aceptables.
El problema central de la técnica era la separación entre intención e instrucción. Levantar el material del suelo era crear: reunirlo y hacerlo subir, sin inventar nada que no estuviera ya allí. Darle forma de pincho, y la dureza para atravesar, era modificar: decirle, con precisión, qué debía ser. Y hacer ambas cosas a la vez, sin dejar de atender el combate, exigía que ninguna ocupara espacio consciente, porque en un combate real ese espacio ya estaba lleno de otras variables.
El material, en cambio, daba igual. El pincho podía levantarse de tierra, de madera, de roca, de hierro, de lo que hubiera bajo la Escencia, aunque no todos respondían con la misma eficiencia, y aprender cuáles cedían mejor era parte del oficio.
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—No pienses en los pasos —dijo Majull al tercer intento, cuando el pincho había tardado ocho segundos—. Piensa en el resultado. La Escencia no necesita que le expliques cómo llegar ahí. Solo necesita saber a dónde va.
El cuarto intento tardó seis segundos. El quinto, cuatro. El sexto volvió a siete porque Sheijuu había intentado forzar la velocidad en lugar de dejar que la comprensión la produjera de forma natural, y esa diferencia entre forzar y comprender era exactamente el tipo de distinción que Majull había estado señalando desde el primer día de entrenamiento junto al lago de Sadoku.
Al final del primer día, el tiempo promedio era de tres segundos. No suficiente. Pero la dirección era correcta.
Terminó agotado de atención, no de Escencia. Ni un solo intento había salido de su reserva directamente, que durante el día había seguido llenándose, lenta y sin pausa, con lo que el bosque le prestaba.
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Había otro problema. Lo que Majull llamaba eficiencia de combate era, en términos prácticos, la diferencia entre usar diez unidades de Escencia para producir un resultado y usar tres para producir el mismo resultado. Sheijuu había operado durante toda su carrera de soldado en el extremo menos eficiente de ese espectro, no por ignorancia sino porque el ejército de Valthar enseñaba técnicas, no principios, y las técnicas podían copiarse y repetirse sin entender por qué funcionaban, lo que producía combatientes capaces pero ineficientes que agotaban sus recursos más rápido de lo necesario.
—Muéstrame la esfera —dijo Majull al segundo día del entrenamiento. Esta vez sí iba a gastar de la suya, y la reserva ya lo permitía.
Sheijuu la generó. La esfera giró entre sus manos con la estabilidad que semanas de práctica le habían dado, perfectamente esférica, perfectamente inestable en la forma correcta, lista para colapsar hacia afuera en el momento del impacto.
—Bien. Ahora hazla más pequeña.
—¿Más pequeña?
—La mitad de ese diámetro.
Sheijuu intentó reducirla. La esfera pulsó, protestó contra la compresión adicional, y colapsó antes de tiempo en una pequeña explosión que levantó hojas y polvo a su alrededor pero no hizo ningún daño real.
—¿Ves el problema? —preguntó Majull.
—La comprimí sin ajustar las instrucciones.
—Correcto. Una esfera más pequeña no es una esfera grande comprimida. Es una esfera con instrucciones diferentes desde el principio. La cantidad de Escencia no determina el tamaño. La precisión de la instrucción determina el tamaño. Con la misma cantidad puedes hacer una esfera de este tamaño o una que quepa en la palma de tu mano.
Sheijuu procesó la lógica. La entendía, y esa era la parte engañosa: en la cabeza, cada pieza encajaba sin esfuerzo. Intentó de nuevo, esta vez construyendo la esfera pequeña desde el principio, con el tamaño incorporado a las instrucciones en lugar de intentar reducirla después.
La esfera se disipó antes de cerrarse.
La segunda cerró, tembló y estalló en su propia mano con un chasquido seco que hizo salir disparadas de entre las raíces a tres de las criaturas de seis patas. Le dejó olor a quemado en la palma y una marca roja que ya empezaba a cerrarse.
La tercera ni siquiera llegó a ser una esfera.
—Lo entiendes —dijo Majull—. Todavía no puedes hacerlo. No es lo mismo.
—Un intento más.
—Uno.
Sheijuu respiró hondo, vació la mente de todo lo que no fuera el tamaño y construyó. La esfera aguantó apenas un segundo. Después se deshizo en una ráfaga tibia que le revolvió el pelo y más nada.
—La dejamos para después —dijo Majull—. No es necesario forzarla ahora. Vuelve a los pinchos.
Sheijuu hizo un chasquido con los dientes, pero obedeció. Pasaron el resto del día con los pinchos, repitiendo, hasta que el suelo a su alrededor parecía un campo arado por algo con mala puntería.
Al caer la tarde, la reserva de Sheijuu volvía a rozar el fondo. Intentó una última esfera de todas formas, y se deshizo entre sus dedos antes de tomar forma.
—Basta —dijo Majull—. Ya llegaremos ahí.
Sheijuu no necesitó que se lo repitiera. Pasó el resto de la tarde sentado sobre el musgo, dejando que el bosque se la devolviera.
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Los pinchos del suelo llegaron a un segundo en el quinto día.
No consistentemente. Todavía había intentos que tardaban dos o dos y medio, especialmente cuando Sheijuu intentaba generar múltiples puntos de salida simultáneos en lugar de uno solo. Pero el segundo era posible de forma suficientemente regular como para que la técnica empezara a tener sentido como herramienta de combate real en lugar de como ejercicio teórico.
Fue durante una de las sesiones de repetición de esa tarde cuando Sheijuu se detuvo solo, sin que Majull lo indicara.
Tenía las dos manos hundidas en el musgo, esperando la respuesta del suelo, y de pronto la imagen estaba ahí, completa, como si hubiera pasado días esperando detrás de una puerta: sus propias manos, juntas frente al pecho, en un gesto que él no había hecho. El espacio doblándose delante de él. Azharel, doscientos kilómetros atrás, y el campo de batalla reducido a una línea gris en el horizonte.
En aquel momento lo había apartado de la mente. Tenía quince segundos, un Primordial en camino y la boca llena de sangre; ya lo pensaría después. Pero después habían llegado el brazo, los días de recuperación, los saltos, el planeta nuevo, y la pregunta se había quedado enterrada debajo de todo lo demás, esperando.
Sacó las manos de la tierra y se las limpió contra la ropa.
—Majull.
—Dime.
—Contra Azharel, cuando ya no podía más, mis ojos se abrieron solos. Mis manos se juntaron solas. Y aparecí a kilómetros de él. —Hizo una pausa—. Yo no hice eso.
El silencio duró lo justo para que Sheijuu lo reconociera por lo que era. Llevaba demasiado tiempo escuchando aquella voz para no distinguir una pausa en la que alguien elige qué decir.
—No —admitió Majull—. No lo hiciste tú.
—Fuiste tú.
—Fui yo.
Sheijuu esperó. Majull no añadió nada.
—¿Eso es todo?
—Estabas perdiendo el conocimiento. Cuando eso ocurre, el cuerpo se queda sin nadie al mando. Había que poner distancia entre tú y Azharel, y había que empezar a regenerarte antes de que llegara. Usé lo que tenía a mano.
—Mis ojos. Mis manos.
—Tus ojos, tus manos y el mismo principio con el que cruzas sistemas, a una escala muy pequeña. Si te quedabas inconsciente sin más, ibas a morir. —Una pausa breve—. Era lo único que había.
—Es mío. Mi cuerpo.
—Sigue siéndolo. Lo devolví en cuanto pude.
—¿Lo devolviste? —repitió Sheijuu, despacio, probando el peso de la palabra.
—En cuanto te habías regenerado lo suficiente.
—Eso no me convence como respuesta.
—Es la que tengo.
Sheijuu miró los pinchos que había levantado esa tarde, todavía temblando en el aire quieto, y le pareció que alguien más podría haberlos levantado.
—¿Fue una decisión tuya?
—No como tú las entiendes. Tú te apagaste y yo seguía ahí. Fue más parecido a lo que hace una mano que se aparta de una llama: no se decide. Ocurre.
—¿Y qué se siente? Desde tu lado.
Majull tardó más de lo habitual en contestar.
—Estrecho. No tengo otra forma de describirlo.
—¿Puedes hacerlo cuando quieras?
—Ocurrió una vez.
—No te pregunté cuántas veces. Te pregunté si puedes.
—Sí.
Dicho así, sin adornos, la palabra cayó entre los dos con un peso que ninguna explicación posterior iba a quitarle.
—¿Hasta dónde?
—Hasta donde hizo falta.
—¿Y si hubiera hecho falta más?
—Habría llegado más lejos.
Sheijuu apretó la mandíbula. Esa tampoco era la respuesta, y los dos lo sabían. Asintió una sola vez, muy despacio, como quien registra una cifra que tendrá que volver a sumar más tarde. Cuando habló, su voz no se había elevado. Se había enfriado.
—Hace días apareciste frente a mí en esa misma raíz y me dijiste que se te había olvidado contármelo. Que no había surgido el tema. Y ahora esto.
—Ambas cosas son verdad.
—Ya lo hablamos, Majull. Te pedí que no te guardaras información. Que si había algo que yo debiera saber, me lo dijeras.
—No lo consideré importante.
—¿Que no lo… —Sheijuu se detuvo, respiró, empezó otra vez—. Moviste mi cuerpo. Sin mí. Es lo más importante que me ha pasado desde que nos fusionamos.
—Te salvé la vida.
—Eso ya lo sé. Lo que no sé es cuándo volverá a pasar, ni cuánto durará, ni qué parte de lo que hago es mía. Es importantísimo. Para ti es un dato. Para mí es la diferencia entre ser una persona y ser un cuerpo que alguien usa cuando lo considera necesario.
Esta vez el silencio fue largo. El bosque parecía haber bajado el volumen a su alrededor, y las criaturas de seis patas, que durante días habían cruzado el claro sin darles importancia, se mantenían en el borde de las raíces.
—Si yo tuviera otras intenciones —dijo Majull al fin, sin levantar la voz—, hace rato estarías muerto.
No era una amenaza. Tampoco era un consuelo. Era un hecho dicho con el mismo tono con que Majull daba las instrucciones, y eso lo volvía imposible de rebatir.
Sheijuu no encontró nada que responder. Volvió a hundir las manos en el musgo, no porque el asunto estuviera resuelto, sino porque las manos, al menos, sabían qué hacer.
Pero tomó nota, sin decirlo, de la única pregunta que Majull no había contestado: hasta dónde.
El bosque seguía su vida alrededor de ellos, completamente ajeno a esa conversación, con la indiferencia paciente de un ecosistema que lleva existiendo durante mucho más tiempo que cualquier pregunta sobre identidad o integración o lo que queda cuando dos cosas se convierten en una.
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Al séptimo día, el suelo frente a Sheijuu estaba cubierto de docenas de pequeños cráteres: la tierra removida, el musgo destruido en un área considerable que el planeta ya empezaba a reclamar. En los bordes de los más antiguos asomaban las primeras hojas de vegetación nueva.
Extendió la mano sobre el suelo.
Un pincho salió en menos de un segundo, limpio, sin vacilación, con la certeza de algo que ya no necesitaba ser pensado para ejecutarse.
Después otro. Después tres a la vez, desde puntos distintos, con una diferencia de décimas de segundo entre ellos que todavía se notaba pero que se iba comprimiendo.
—Dije semanas —admitió Majull. Hubo una pausa breve—. Me equivoqué.
Sheijuu no contestó. Miró los tres pinchos, todavía vibrando bajo la luz de la mañana, e intentó recordar el momento exacto en que había decidido levantarlos.
No lo encontró.
Debería haberse alegrado. Y por un instante lo hizo; pero, al mismo tiempo, el motivo por el que estaba entrenando cruzó por su mente, y la sonrisa de reconocimiento propio que estaba a punto de formarse en su rostro nunca llegó a aparecer.
---
*Fin del Capítulo 48.*
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