Sheijuu. [Español]

Capitulo 47: Un lugar donde respirar.

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# Capítulo 47

## Un lugar donde respirar

Majull tuvo razón: Sheijuu tardó ocho días más en recuperarse lo suficiente para saltar.

No era tiempo perdido, aunque durante esos días el cuerpo protestara cualquier inactividad con la impaciencia de quien ha operado al límite demasiado tiempo y no sabe cómo detenerse. El brazo ya había vuelto, y aquello había sido una carrera contra la cicatriz. La reserva de Escencia era otra cosa. Se recuperaba a su propio ritmo, independientemente de lo que Sheijuu quisiera, y empujarla antes de que estuviera lista solo producía resultados más lentos, no más rápidos. Era una de las primeras cosas que Majull le había enseñado después de la fusión, antes incluso de cualquier técnica de combate: la Escencia no vuelve con voluntad, solo con tiempo y con no interferir.

Así que esperó.

Y mientras esperaba, el planeta muerto le ofreció exactamente lo que tenía para dar, que era silencio y roca gris y los cráteres que habían dejado atrás como la única constancia de que algo había ocurrido aquí. No era un lugar para recuperarse con comodidad, pero era lo que había, y Sheijuu había aprendido hacía mucho tiempo que la comodidad era una categoría de lujo que el ejército primero y sus circunstancias actuales después habían reducido a algo parecido a un recuerdo agradable pero no especialmente urgente.

Al decimosexto día saltó.

Majull había descrito aquel sistema como el más cercano con Escencia ambiental suficiente, y era cierto, pero «cercano» era una palabra relativa: quedaba muchísimo más lejos de lo que sugería. Un trayecto así no se cubría de una sola vez ni en diez intentos. Con cada salto, exigía a abrir el Ojo del Vacío, y se llevaba más Escencia de la que Sheijuu había calculado, dejando detrás de los ojos un ardor sordo que no terminaba de irse entre uno y el siguiente.

Con cada tramo que saltaba, Sheijuu se adentraba más en la inmensidad vacía del espacio, y allí, en medio de toda esa nada, su recuperación natural de Escencia se reducía a un hilo. Incluso un planeta muerto, desprovisto de Escencia propia, retenía algo de la que llegaba desde el vacío: poca, pero algo es algo. En el espacio entre estrella y estrella casi no quedaba nada, solo corrientes breves y delgadas que pasaban de un sistema a otro, tan tenues que apenas se dejaban notar. Reponer una reserva tan grande como la que ahora podía almacenar, a ese ritmo, era cuestión de meses. Y, además, bastante aburrido.

—Vamos más justos de lo que calculé —admitió Majull durante el último tramo.

—Lo noto.

—No habrá margen para otro salto.

No hizo falta uno más.

El sistema resultó ser, cuando llegaron a él, considerablemente más interesante de lo que la descripción había sugerido. El planeta apareció desde el espacio como una esfera de un verde tan intenso que parecía irreal, un color que los ojos humanos normales asocian con algo artificial porque la naturaleza rara vez lo produce con esa saturación. La atmósfera era densa y visible incluso desde fuera, capas de nubes de un blanco casi azulado que se movían en patrones complejos sobre la superficie, y la firma de Escencia que el Ojo del Vacío percibía desde la distancia —a duras penas, entre parpadeos— era tan intensa como la de Sadoku, quizás más, con esa calidad de latido orgánico profundo que indicaba un mundo no solo vivo sino exuberante de vida.

Aterrizó, con la reserva casi vacía, en lo que resultó ser el borde de una masa forestal que hacía que los bosques de las Tierras Olvidadas parecieran jardines cuidados.

Los árboles tenían troncos de un diámetro que habría requerido decenas de personas con los brazos extendidos para rodearlos, y sus copas se perdían en una altura que el ojo no podía calcular con precisión porque la densidad del follaje superior bloqueaba la visión mucho antes de que llegara al final. Entre esos troncos enormes crecían otras plantas en todas las escalas imaginables: algunas apenas más grandes que el pulgar, con flores de colores que no tenían nombre en ningún idioma que Sheijuu conociera, y otras de tamaño intermedio con hojas más anchas que él. Algunas eran altas y translúcidas, y filtraban la luz en patrones que se movían con el viento de una forma que resultaba casi hipnótica.

El suelo estaba cubierto de una capa de musgo de varios centímetros de grosor que amortiguaba cada paso hasta el punto de hacer el caminar casi silencioso, y de esa capa emergían hongos de tamaños que iban desde lo microscópico hasta estructuras que superaban la altura de un hombre adulto, algunos luminiscentes con una luz fría y constante que no dependía de ninguna fuente externa visible.

Algo se movió entre las raíces de uno de los árboles enormes.

Sheijuu se detuvo y observó.

Era una criatura del tamaño aproximado de un perro grande, con seis patas que terminaban en apéndices que parecían demasiado precisos para ser solo para caminar, cubierta de una piel lisa de un azul grisáceo que cambiaba ligeramente de tono cuando se movía, como si la superficie del cuerpo respondiera a la luz de forma activa. Tenía dos pares de ojos, los superiores grandes y orientados hacia adelante, los inferiores más pequeños y laterales, y mientras Sheijuu la observaba la criatura lo observó de vuelta con una atención que era difícil de categorizar como puramente instintiva.

—¿Qué es eso? —preguntó.

—No lo sé —respondió Majull, con el tono de genuino interés que reservaba para las cosas que realmente lo sorprendían—. Nunca había visto a esta especie.

La criatura inclinó la cabeza. Después la inclinó hacia el otro lado. Después se fue, con una rapidez desproporcionada para el tamaño de sus pasos, desapareciendo entre las raíces con la fluidez de algo perfectamente adaptado a ese entorno.

En los días siguientes Sheijuu exploró, moviéndose despaco, dejando que la Escencia ambiental le devolviera la reserva poco a poco y que el planeta se revelara a su propio ritmo. Lo que encontró fue una acumulación de vida tan densa y tan variada que resultaba difícil procesar todo a la vez: criaturas voladoras del tamaño de edificios que se movían entre las copas de los árboles con una elegancia ligera para su masa, produciendo un sonido bajo y continuo que hacía vibrar el suelo suavemente cada vez que pasaban cerca. Animales completamente traslúcidos que vivían en los ríos, visibles solo por el destello que producían al moverse, y que se agrupaban en cardúmenes de miles que se desplazaban como una sola entidad cambiante. Insectos con alas de un metro y medio de envergadura que polinizaban las flores enormes dejando rastros de polvo luminiscente en el aire que tardaban minutos en disiparse.

Y en la zona donde el bosque se abría a una llanura de hierba alta, algo diferente.

Un grupo de criaturas de tamaño mediano, bípedas, que se movían en formaciones que no eran aleatorias. Que usaban objetos del entorno de formas que no eran instintivas. Que se comunicaban entre sí con una variedad de sonidos y gestos que tenía demasiada estructura para ser simplemente señales de peligro o apareamiento.

Sheijuu las observó durante una tarde entera desde una distancia prudente, sin moverse, sin hacer nada que pudiera interferir. Eran fascinantes de una forma diferente a las otras criaturas del planeta, no por su aspecto, que era completamente distinto a cualquier forma humana o humanoide que conociera, sino por esa calidad de la atención con que interactuaban entre sí y con el entorno, como si el mundo no fuera solo algo donde existían sino algo que procesaban activamente, sobre lo que tomaban decisiones, en el que identificaban posibilidades que no eran inmediatamente obvias.

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—Majull.

—Lo veo.

—¿Qué piensas?

—Pienso que esto lleva aquí mucho tiempo y que todavía le queda mucho tiempo por delante si nadie lo interrumpe.

Sheijuu asintió despacio. Guardó lo que había visto en el mismo lugar donde guardaba el planeta del mural, el archipiélago con su manada, el mundo volcánico con su criatura de lava. Lugares que no podía proteger todavía con total seguridad, que solo podía recordar y añadir a la lista de razones por las que hacer lo que hacía tenía sentido aunque nadie más lo supiera.

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Fue al tercer día en el planeta, sentado sobre una raíz del grosor de un barco, mientras observaba a las criaturas voladoras pasar entre las copas de los árboles con esa elegancia desproporcionada, cuando Majull dijo algo que no esperaba.

—¿Por qué nunca me miras directamente cuando hablamos?

Sheijuu tardó un momento en responder.

—¿A qué te refieres?

—Cuando hablamos. Cuando me preguntas algo o cuando te pregunto algo. Siempre estás mirando hacia otro lado. Al suelo, al horizonte, a las criaturas. Nunca directamente.

—Porque no hay nada que mirar. Estás dentro de mí.

Una pausa.

—Ah —dijo Majull—. Ah. Sí. Tienes razón en eso. Eso es... un punto interesante. Olvidé algo.

—¿Qué olvidaste?

—Que podemos vernos.

Sheijuu frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Significa que si quieres mirarme cuando hablamos, puedes hacerlo.

—Majull, repito: estás dentro de mí. No hay nada que...

Lo que ocurrió a continuación interrumpió la frase con tanta eficiencia que Sheijuu tardó varios segundos en procesar que algo había ocurrido en absoluto. La sensación fue extraña: no dolor, no alarma, solo un desplazamiento muy suave de algo en el espacio inmediato que de repente era diferente a como había sido un instante antes.

Frente a él, a poco más de un metro, había algo que no había estado ahí.

Era pequeño. Bastante más pequeño de lo que Sheijuu habría esperado para una entidad que había sido el guardián de un planeta durante siglos, apenas llegándole a la cintura, con un aspecto que era difícil de clasificar en ninguna categoría familiar. La piel era blanca con venas oscuras visibles debajo, el cabello largo y completamente blanco caía en todas las direcciones sin ningún orden, y los ojos eran oscuros, demasiado grandes para las proporciones del rostro, con una expresión que era simultáneamente antigua y completamente desprovista de cualquier intención de resultar accesible.

Sheijuu lo miró.

No dijo nada durante varios segundos.

—¿Qué —empezó finalmente—, qué eres?

—Soy Majull —respondió la forma, con exactamente la misma voz que siempre había tenido, lo cual era en sí mismo perturbador porque esa voz venía de un cuerpo que no correspondía en absoluto a las expectativas que la voz había generado durante meses.

—Eso... no parece Majull.

—¿Y cómo se supone que parezco?

—No sé. Más grande. Más... —Sheijuu buscó la palabra—. Antiguo.

—Soy muy antiguo.

—No lo pareces.

—Esta es mi forma sometida.

—¿Tu forma qué?

La expresión en el rostro de Majull cambió a algo que, en otra circunstancia y en otro ser, Sheijuu habría clasificado como entusiasmo. Era una expresión que no había esperado ver nunca en Majull y que resultaba ligeramente más perturbadora que la forma física en sí.

—Tengo otras —dijo Majull, y antes de que Sheijuu pudiera responder algo, la figura frente a él cambió.

No gradualmente. No con ninguna transición visible. Solo dejó de ser lo que era y empezó a ser otra cosa: más alta ahora, considerablemente más alta, con proporciones que ya no eran completamente las de ninguna criatura que Sheijuu conociera, con aquella piel blanca extendiéndose sobre una estructura que sugería algo entre orgánico y geológico, antiguo de una forma que la forma pequeña no había comunicado con la misma claridad.

Después cambió de nuevo.

Esta vez más oscuro, más denso, con algo en la geometría del cuerpo que hacía que el ojo intentara clasificarlo y fallara repetidamente porque las categorías disponibles no eran suficientes.

Después otra vez.

Y otra.

—Puedo seguir —dijo Majull.

—Para —dijo Sheijuu.

—¿Ya?

—Para.

La forma volvió a la más pequeña, la primera, y algo en la expresión del rostro pequeño y antiguo sugería que aquello había resultado satisfactorio de una forma que Majull no estaba haciendo ningún esfuerzo por disimular.

—¿Desde cuándo puedes hacer eso? —preguntó Sheijuu, señalando vagamente la figura frente a él.

—¿Manifestarme fuera del cuerpo?

—Usar mi cuerpo o salir. Lo que acabas de hacer.

—Ah. Lo descubrí en el primer mundo que visitamos. El archipiélago.

Sheijuu lo miró fijamente.

—Eso fue hace meses.

—Sí.

—Y no me lo dijiste.

—No surgió el tema.

—Majull. Ya...

—Tiene condiciones —dijo el guardián, interrumpiendo, con el mismo tono de siempre, completamente impervio a la mirada de Sheijuu—. Necesitas estar profundamente dormido o con la Escencia casi agotada. En condiciones normales no puedo hacerlo. Hoy sí, porque después de esos saltos tu reserva sigue casi en el fondo. Y cuando puedo hacerlo, tú no estás en condiciones de saberlo de todas formas, porque estás inconsciente o cerca de serlo.

—Eso no hace que sea menos inquietante.

—Entiendo por qué lo parece. Pero considera que si hubiera querido hacer algo con esa capacidad que te perjudicara, habría tenido meses de oportunidades.

—Eso tampoco es especialmente tranquilizador.

—No —admitió Majull—. Pero es verdad. Estoy de tu lado. Siempre lo he estado. Lo que ocurrió entre nosotros no fue una elección conciente de ninguno de los dos, pero lo que hago con ello sí lo es, y lo que elijo hacer es ayudarte.

Sheijuu permaneció en silencio durante un momento, procesando aquello con la misma calma con que procesaba la mayoría de las cosas que no tenían una respuesta emocional inmediata disponible. Era inquietante. Era también, como Majull había señalado correctamente, completamente consistente con todo el comportamiento del guardián durante los meses que llevaban juntos. Majull no había hecho nada que contradijera sus palabras. Y Sheijuu había aprendido, a lo largo de toda su vida, que la evidencia acumulada de comportamiento consistente valía más que cualquier promesa verbal.

—De acuerdo —dijo finalmente.

—¿De acuerdo?

—De acuerdo. Estoy de tu lado también.

La expresión en el rostro de Majull cambió de nuevo, y esta vez Sheijuu no tuvo ninguna dificultad para clasificarla: era satisfacción genuina, sin artificios, la de alguien que ha recibido exactamente lo que necesitaba sin tener que pedirlo directamente.

La figura se disolvió. La presencia volvió a ser donde siempre había estado, interna, parte del sistema que los dos compartían sin que ninguno hubiera elegido completamente esa situación pero que ambos habían llegado a aceptar como lo que era.

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Esa noche, mientras una de las criaturas voladoras gigantes pasaba sobre los árboles proyectando su sombra enorme sobre el suelo luminiscente del bosque, Sheijuu revisó mentalmente el combate contra Azharel con la distancia que los días de recuperación habían hecho posible.

Había ganado. Pero había ganado de una forma que requería honestidad para describir correctamente: había sobrevivido lo suficiente para usar lo que tenía en el momento exacto en que el Primordial cometió su único error real, desesperarse. No era una victoria construida sobre dominio técnico ni sobre superioridad de recursos. Era la victoria más básica posible, la de alguien que aguanta el tiempo necesario y aprovecha la única oportunidad disponible.

Y los errores que había cometido eran claros en retrospectiva.

Las improntas. Había llegado al combate con las vendas cargadas y no las había usado de forma estratégica en ningún momento, gastando Escencia directamente cuando tenía reservas disponibles que habrían prolongado su capacidad de actuar considerablemente. La adrenalina de su primer combate real contra un Primordial había borrado esa opción de su mente con una eficiencia que resultaba frustrante ahora que podía verlo con claridad.

La Runa del Vacío. La había usado casi siempre a través del Ojo, para percibir y para rastrear, como Majull le había enseñado. Pero no la había integrado en el combate de ninguna otra forma. Las posibilidades que la runa ofrecía más allá de la percepción eran considerables y prácticamente inexploradas en el contexto del combate real. Y aunque Majull le advirtió que es una runa prácticamente inútil en el combate directo, tampoco se ha tomado su tiempo de opinar lo mismo.

Este planeta, con su vida densa y su Escencia ambiental abundante, era el lugar correcto para eso.

No para descansar solamente. Para trabajar.

—Majull —dijo.

—¿Sí?

—Necesito entrenamiento. Aquí. Antes de partir.

Una pausa que ya no sonaba como duda sino como evaluación.

—¿Cuánto tiempo?

Sheijuu miró el bosque enorme que lo rodeaba, los hongos luminiscentes en el suelo, las criaturas que se movían entre las sombras con esa variedad infinita que hacía que cada metro cuadrado del planeta pareciera diferente al anterior.

—El que haga falta.

---

*Fin del Capítulo 47.*

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