Sheijuu. [Español]

Capítulo 26: El espacio entre todo.

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# Capítulo 26

## El espacio entre todo

—Lo que aprendiste en el lago no cambia —dijo Majull, mientras Sheijuu flotaba por primera vez en la negrura absoluta que había más allá del cielo de Sadoku—. Sigues comprimiendo vacío. Lo único distinto es que aquí, por fin, hay vacío de verdad. No aire. No tierra. No partículas que se interpongan. Lo que te costaba encontrar entre los huecos de un bosque, aquí está en todas partes, esperando que lo uses.

Sheijuu comprimió el espacio frente a él, casi con desconfianza, esperando la misma resistencia que había enfrentado junto al lago. No la encontró. El salto lo llevó a varios miles de kilómetros de donde había empezado en un instante que apenas sintió como esfuerzo, y se quedó flotando en medio de la nada, con el corazón latiendo con más fuerza de lo que esperaba, no por el cansancio, sino por lo fácil que había sido.

—Es... demasiado sencillo —dijo, después de recuperar el aliento. El silencio absoluto a su alrededor era casi opresivo.

—La técnica sí. —Majull hizo una pausa—. El problema nunca fue moverte. Es saber a dónde.

—¿A qué te refieres?

—A que ahora mismo has saltado a un punto cualquiera del vacío, sin ningún destino en mente, y aun así has tardado un instante. Inténtalo de nuevo, pero esta vez elige un lugar concreto que no puedas ver.

Sheijuu lo intentó, y el resultado fue tan preciso como el primero: se movió sin esfuerzo, pero cuando abrió los ojos, no tenía ninguna certeza de si había llegado a donde pretendía o simplemente a otro punto cualquiera de la misma nada.

—¿Cómo se supone que sepa si llegué? —preguntó, la frustración asomando por primera vez en su voz—. Todo esto se ve exactamente igual.

—Ese es el verdadero entrenamiento —respondió Majull—. No el salto. La percepción.

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Los días siguientes no trajeron heridas ni golpes, como en el lago, sino algo distinto y en cierto modo más agotador: la certeza repetida de estar completamente perdido en medio de una inmensidad sin puntos de referencia. Sheijuu saltaba, se detenía, y no tenía forma de saber si el punto donde flotaba estaba a un paso o a un año luz de donde había planeado llegar.

—Tienes que estirar el Ojo del Vacío antes de saltar, no después —explicó Majull, mientras Sheijuu se orientaba, una vez más, en medio de la nada—. Es el mismo principio que usas para comprimir el espacio, pero sin moverte. Alargas la percepción en una dirección, sientes lo que hay ahí, y solo entonces plegas el vacío hacia ese punto.

—¿Y cómo distingo qué es lo que estoy sintiendo?

—Con el tiempo, tan bien como distingues un sonido de otro. Un planeta con Escencia tiene un peso distinto al de una roca muerta. Un Primordial se siente distinto a ambos. Ahora mismo, para ti, todo es el mismo ruido de fondo. Eso va a cambiar.

Sheijuu cerró los ojos, extendiendo el Ojo del Vacío hacia la oscuridad, buscando algo, cualquier cosa, que se distinguiera del vacío uniforme que lo rodeaba. Al principio no encontró nada, solo la misma negrura indiferenciada en todas direcciones, un ardor creciente detrás de los ojos que le recordaba que estaba forzando algo que su cuerpo apenas empezaba a comprender.

—No siento nada —dijo, después de un largo rato.

—Bien —respondió Majull, para su sorpresa—. Reconocer que no sientes nada también es aprender a sentir. Antes ni siquiera sabías que estabas buscando. Ahora sabes que buscas y todavía no encuentras. Es un paso, aunque no lo parezca.

Pasaron lo que Sheijuu calculó como varios días, flotando entre saltos cortos y pausas cada vez más largas, extendiendo la percepción un poco más cada vez, sintiendo el ardor detrás de los ojos convertirse, poco a poco, en algo más parecido a un músculo que se estira que a una herida. Y entonces, sin previo aviso, algo cambió: una diferencia mínima, casi imperceptible, en la textura uniforme de la nada, como el primer sonido distinguible en un silencio absoluto.

—Ahí —dijo, abriendo los ojos, señalando una dirección que no tenía ningún punto de referencia visible—. Hay algo ahí.

—¿Qué es?

Sheijuu se concentró un momento más, aprendiendo a sostener la percepción sin perderla.

—No lo sé todavía. Pero no es solo vacío.

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—Entonces ya sabes lo suficiente para dar el siguiente paso —dijo Majull—. Ve a comprobarlo.

Comprimió el espacio hacia aquella dirección, con la misma facilidad de siempre, y cuando el salto terminó, no había ningún error que corregir, ninguna posición equivocada que lo obligara a empezar de nuevo. Había llegado exactamente a donde había sentido que debía llegar.

Aprendió, con el paso de las semanas, que la Escencia del universo tenía un peso distinto en cada punto: en unos lugares apenas un murmullo lejano, en otros una presencia clara e inconfundible. Y aprendió que, para desplazarse entre estrellas, la fuerza nunca había sido el problema. El problema, siempre, había sido aprender a ver.

Encontrar un planeta en medio de todo aquello seguía siendo difícil, pero ya no imposible. No era como buscar una aldea en un mapa conocido, era como aprender, poco a poco, a distinguir una piedra concreta en el fondo de un océano sin fondo. Sheijuu aprendió a moverse en incrementos: extender la percepción, detenerse, orientarse, identificar si había Escencia en alguna dirección, y solo entonces saltar. A veces pasaban días enteros entre un salto y el siguiente, flotando en el espacio, dejando que el Ojo del Vacío se ajustara a distancias que ningún humano había intentado percibir antes.

—¿Cómo sabe un Primordial hacia dónde ir? —preguntó en una de esas pausas, mientras flotaba en la oscuridad de un sistema estelar que no tenía nombre.

—No lo sé con certeza. Pero ellos lo sienten. La Escencia de un planeta vivo es como un faro para ellos, una luz que brilla en la oscuridad. Para ti, ahora mismo, esa luz es apenas un destello, pero con el tiempo y la práctica se volverá más clara. Como aprender a distinguir un latido del otro al otro lado de una pared muy gruesa.

—¿Y cómo sé si el latido que siento es de un Primordial o de un planeta?

—De nuevo, con el tiempo lo sabrás. Son distintos. Uno es una respiración, el otro es una máquina funcionando. Es la diferencia entre escuchar el viento y escuchar el crujido del metal.

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El primer planeta al que llegó no tenía superficie. Solo gas, capas y capas de gas de distintos colores apiladas sobre sí mismas: naranja en el exterior, rojo más adentro, y en el núcleo algo que el Ojo del Vacío percibía como una presión enorme, como si el planeta entero estuviera a punto de colapsar sobre sí mismo.

—¿Hay Escencia aquí? —preguntó.

—No. —Majull hizo una pausa—. Nada vivo. Solo gas y presión.

—¿Entonces por qué me detuve?

—Porque es la primera vez que ves algo así y tu instinto frenó antes de entrar. Lo cual fue inteligente. Esa presión que sientes es la gravedad de un planeta gaseoso, y te habría comprimido hasta el tamaño de una nuez en cuestión de segundos.

Sheijuu observó las capas de gas girando lentamente. Había algo hipnótico en su movimiento, como si el planeta entero estuviera respirando con lentitud. Por un momento, se quedó allí, flotando, sintiendo el frío del espacio en su piel, el silencio absoluto, la inmensidad que lo rodeaba por todas partes.

—Entendido —dijo finalmente—. Siguiente.

El segundo planeta que encontró tenía superficie. Roca negra, lisa, brillante, como obsidiana pero cubriendo todo el planeta, continentes enteros de esa roca negra sin una sola irregularidad. Sheijuu aterrizó, y al dar los primeros pasos, sintió que el suelo se calentaba bajo sus pies con una rapidez que no había previsto. Levantó la vista y vio la estrella del sistema, enorme y cercana, proyectando un calor que podría haber derretido cualquier cosa viva en cuestión de segundos.

Permaneció allí tres minutos, el tiempo justo para comprobar cuánto podía aguantar. Su cuerpo, endurecido por la fusión y los entrenamientos, le permitía soportar más que cualquier humano normal, pero incluso con la regeneración activa, la piel comenzó a enrojecerse y ampollarse al final del tercer minuto.

—Siguiente —dijo.

Y saltó.

Pasaron semanas. Quizás unos meses. Sheijuu perdió la cuenta de los planetas que encontró: planetas de hielo con atmósferas venenosas, planetas con dos soles que hacían imposible cualquier ciclo estable, planetas cubiertos de agua hasta donde alcanzaba el Ojo del Vacío, sin tierra, sin fondo visible, solo océano infinito. Algunos eran hermosos, y esa belleza lo sorprendió. No esperaba encontrar belleza en el espacio, pero la había. Planetas con anillos de polvo luminoso que brillaban como joyas suspendidas en la oscuridad. Lunas cubiertas de cristales que reflejaban la luz de sus estrellas en patrones que cambiaban con cada órbita. Sistemas donde tres planetas se movían tan cerca entre sí que podía saltar de uno a otro en segundos.

En esos momentos, Majull no decía nada. Solo observaba, acompañando desde dentro, entendiendo que Sheijuu necesitaba esos momentos de asombro tanto como el entrenamiento. Quizás más. Porque el asombro era lo que lo recordaba por qué estaba haciendo todo aquello.

El primer planeta con Escencia lo encontró casi por accidente. Llevaba días siguiendo una corriente débil, casi imperceptible, dudando si era real o si su percepción todavía no era lo suficientemente fina. Y entonces apareció, verde y azul, con nubes blancas girando sobre la superficie. La resonancia era clara, inconfundible.

—Escencia —dijo.

—Sí —confirmó Majull.

—¿Primordiales?

—No.

Sheijuu observó el planeta durante un rato, sintiendo el peso de lo que significaba encontrar un mundo así. Vivo. Completo. Sin saber lo que podría pasarle. Sin saber que podría convertirse en otro Sadoku.

—¿Podemos hacer algo? —preguntó.

—Ahora mismo no.

—¿Por qué?

—Porque no hay nada que hacer.Y también, si aparece un Primordial ahora mismo, no creo que puedas detenerlo. Todavía. Probablemente.

Sheijuu miró el planeta un momento más. Luego se giró y siguió adelante. Pero lo guardó en algún lugar, junto con otras cosas que no podía resolver todavía, y siguió navegando entre las estrellas.

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El primer planeta devorado llegó sin previo aviso. Simplemente apareció entre dos sistemas sin nada especial que lo diferenciara desde lejos: roca gris, sin atmósfera visible, sin luz propia. Sheijuu aterrizó y supo inmediatamente que algo había estado allí. No había Escencia, no había energía de ningún tipo. El suelo estaba muerto, no como un desierto, que al menos tiene potencial, sino como la ausencia total de cualquier cosa que pudiera crecer o existir.

—Aquí hubo vida —dijo Sheijuu, y no era una pregunta.

—Sí —respondió Majull, con una voz más baja de lo habitual—. Hace tiempo.

Sheijuu caminó por la superficie durante horas, sintiendo el peso del silencio a su alrededor. No había viento, no había sonido, no había nada que produjera ninguna sensación más allá de la roca bajo sus pies. Encontró estructuras, o lo que quedaba de ellas: formas geométricas en el suelo que no podían ser naturales, demasiado regulares, demasiado repetidas. Alguien había construido aquí.

Se agachó junto a una de las formas y la tocó con la mano. La roca era fría y áspera, sin el calor residual de la vida, sin ninguna huella de su paso. Todo lo que había existido encima de esa roca había sido absorbido y solo quedaba el esqueleto de piedra.

—¿Cuántos? —preguntó.

Majull entendió la pregunta.

—No lo sé. Imposible saberlo ahora.

Sheijuu se puso de pie y miró el horizonte del planeta muerto. Plano. Infinito. Gris. Como la dimensión donde había matado al Primordial, pero peor. Porque aquí había habido algo antes, y ahora no había nada.

Permaneció en ese planeta más tiempo del necesario, sintiendo el vacío que lo rodeaba, la ausencia de todo lo que alguna vez había existido en aquel lugar. No había razón para quedarse, ni para irse. Solo la certeza de que lo que había visto era real y que, en algún lugar del universo, había más planetas como aquel.

Cuando finalmente se fue, su expresión era la misma de siempre: tranquila, casi vacía. Pero algo en la forma en que sostenía la espada había cambiado, solo un poco, solo lo suficiente para que Majull lo notara.

El espacio se extendía frente a él, infinito y frío, y mientras se alejaba del planeta devorado, sintió el peso de todo lo que estaba empezando a ver, y de todo lo que aún tenía que encontrar. El viaje continuaba, y con él, la certeza de que cada planeta que encontrara sería una prueba más, un recordatorio más de lo que estaba en juego.

A lo lejos, entre la oscuridad infinita, un punto azul brillaba. Pequeño. Lejano. Pero real.

El archipiélago lo esperaba.

Fin del capítulo 26

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