Sheijuu. [Español]

Capitulo 25: Dos meses.

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# Capítulo 25

## Dos meses

El lugar que Majull eligió para el entrenamiento no era especial. Un lago pequeño, rodeado de colinas bajas y árboles que habían sobrevivido al drenaje del pilar, con agua lo suficientemente clara para beber y un suelo lo suficientemente firme para practicar. No tenía nombre, no tenía historia. Solo existía, como tantos otros lugares en el Sadoku que había quedado atrás.

Sheijuu se sentó junto a la orilla, sintiendo la humedad de la tierra bajo sus piernas, el frío del agua en sus dedos. El sol de la mañana se reflejaba en la superficie del lago, creando pequeñas ondas de luz que se movían con el viento. El olor a agua y a hierba húmeda llenaba el aire, y por un momento, casi podía olvidar que el mundo a su alrededor estaba muriendo.

—Empezamos hoy —dijo Majull, sin preámbulo.

Sheijuu no respondió. Simplemente esperó, sintiendo la presencia del guardián en su mente, la certeza de que aquello era exactamente lo que necesitaba.

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—Tu runa es la del vacío —dijo Majull, antes de que Sheijuu intentara nada—. Eso significa que puedes manipularlo como cualquier otro elemento. La mayoría de sus usos en combate son inútiles, o casi. Pero para moverte, es lo único que necesitas.

—¿Moverme cómo?

—Comprimiendo el vacío que hay entre un lugar y otro. Aquí, dentro del aire, va a costarte más de lo que crees. No hay vacío real a tu alrededor, solo aire, polvo, la tierra bajo tus pies. Tienes que abrirte paso entre todo eso antes de encontrar algo que realmente puedas comprimir.

Los primeros días fueron de fracasos. Sheijuu intentaba comprimir el vacío entre un punto y otro, y el aire mismo parecía resistirse, como si la atmósfera entera se negara a dejarlo pasar. Aparecía a tres metros de donde había empezado, o a medio metro bajo tierra, o exactamente en el mismo lugar, como si no hubiera hecho nada. Una vez apareció dentro del tronco de un árbol—una experiencia que no fue agradable para ninguno de los dos—y pasó el resto de la tarde sacándose astillas de la ropa y la piel.

—De nuevo —dijo Majull, cada vez, sin impaciencia, sin reproche.

—Acabo de salir de un árbol.

—Lo sé. De nuevo.

Y Sheijuu lo intentaba de nuevo. Y de nuevo. Y de nuevo. El dolor de los fracasos era real—moretones, cortes, el ardor de la Escencia mal canalizada—, pero cada vez aprendía algo, cada vez comprendía un poco mejor lo que estaba haciendo mal.

—El problema no es la técnica —explicó Majull, mientras Sheijuu se sacudía el polvo de la ropa después de otro intento fallido—. Es que aquí casi no hay nada que comprimir. Estás intentando plegar aire, tierra, partículas de polvo, y eso no cede como cede el vacío de verdad. Tienes que encontrar los huecos, lo poco de vacío real que existe incluso aquí, entre un átomo y otro, y trabajar con eso.

Las segundas semanas fueron de progresos pequeños. Sheijuu aprendió a sentir esos huecos de los que hablaba Majull, esos puntos diminutos de vacío real escondidos incluso en un aire que parecía sólido en comparación con lo que le esperaba más allá del cielo. No podía verlos con sus ojos normales, pero el Ojo del Vacío los percibía como una ligera vibración, como el temblor del aire antes de una tormenta. Aprendió a encontrar el ángulo exacto, el punto donde la resistencia se volvía fluidez.

Y empezó a viajar. Primero metros, después kilómetros, después decenas. El día que logró aparecer en la cima de una montaña que había visto desde el valle, se quedó allí, sintiendo el viento en su rostro, el frío en sus manos, la inmensidad del paisaje a sus pies.

—Bien —dijo Majull, y aunque era solo una palabra, Sheijuu sintió que pesaba más que cualquier elogio extenso.

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—Hay algo más que esa runa puede hacer —dijo Majull, un día después, mientras Sheijuu se enjuagaba el barro de las manos en la orilla—. Algo que yo mismo hacía. Antes.

—¿Antes de qué?

—Antes de ser esto —la voz de Majull no sonó triste, solo distinta, como la de alguien recordando un cuerpo que ya no tiene—. Cuando esta runa era mía, la usaba para sostenerme en el aire. Volar, si prefieres llamarlo así.

Sheijuu se quedó quieto, con el agua todavía goteando de sus dedos.

—¿Volar?

—El mismo principio que usas para moverte de un lugar a otro. Solo que en vez de comprimir el vacío entre dos puntos y saltar de uno a otro, lo comprimes justo debajo de ti, y en vez de soltarlo de golpe, lo sostienes ahí. Comprimir de golpe ya sabes hacerlo. Sostenerlo, sin que se rompa, es distinto.

—¿Y cómo se hace eso?

—Prueba. Vas a caerte muchas veces antes de entenderlo con el cuerpo en vez de con la cabeza.

Sheijuu lo intentó esa misma tarde. El primer resultado fue exactamente el que Majull había anunciado: un salto sin control, medio metro en el aire, y luego el suelo recibiéndolo de golpe. Lo intentó de nuevo. Y de nuevo. Durante los primeros días, cada intento terminaba igual, con la compresión rompiéndose apenas un instante después de formarse, incapaz de sostener su propio peso más de un parpadeo.

—No lo sueltes todo de golpe —le dijo Majull, mientras Sheijuu se sacudía el barro de encima por tercera vez esa tarde—. Es como sostener el aliento. No es un esfuerzo único, es uno continuo.

Con el tiempo, el medio segundo se volvió uno entero. Después tres. Sheijuu aprendió a sentir el punto exacto bajo sus pies donde el vacío comprimido lo sostenía, un cojín invisible que respondía a cuánta Escencia le entregaba y cuánta dejaba de darle. La primera vez que logró mantenerse suspendido un minuto completo, sin caer, se quedó allí, flotando a poco más de un metro sobre la superficie del lago, mirando su propio reflejo temblar en el agua de abajo.

—Ahora, muévete —dijo Majull.

Moverse resultó más difícil que sostenerse. Los primeros intentos lo enviaron dando tumbos en direcciones que no había elegido, el vacío comprimido deformándose de forma desigual bajo su cuerpo cada vez que intentaba inclinarse hacia adelante. Pero después de días de práctica, empezó a entender que no era distinto a caminar: un desequilibrio controlado, una compresión más fuerte de un lado que del otro, dejándose caer hacia donde quería ir antes de que el vacío volviera a sostenerlo.

Descubrió, casi sin buscarlo, que el mismo principio funcionaba hacia afuera. Una tarde, practicando cerca de la orilla, extendió la mano hacia una piedra a un par de metros de distancia, sin ninguna intención concreta, y la piedra se deslizó hacia él sobre la hierba, como si algo hubiera comprimido el vacío entre su mano y la roca y hubiera tirado de ambos extremos hasta juntarlos.

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—Eso también es tuyo —dijo Majull, sin sorpresa—. Yo también podía hacerlo.

Sheijuu pasó los días siguientes probando los límites de aquello. Cerca, el control era casi inmediato: podía atraer o apartar objetos pequeños a un metro de distancia con la misma facilidad con la que movía su propio brazo. Más lejos, la precisión se deshacía poco a poco, como una cuerda que se afloja cuanto más se estira. A los cinco metros todavía podía mover algo sin demasiado esfuerzo. A los ocho, tenía que concentrarse, sintiendo cómo la Escencia se drenaba más rápido de lo que debería para una tarea tan simple. Más allá de los diez metros, no conseguía nada. El vacío que intentaba comprimir a esa distancia se le escapaba entre los dedos, incapaz de sostener ninguna forma antes de disiparse.

—Diez metros, por ahora —dijo Majull—. Va a mejorar. Todo lo que entrenas mejora, y esto es solo Escencia con otra forma.

—¿Cuánto mejorará?

—No lo sé. Yo tampoco llegué a ver mi propio límite. Pero cuanto más lo entrenes, menos te costará, y más lejos podrás sostenerlo.

Sheijuu asintió, guardándose la pregunta que no llegó a hacer: si Majull había hecho todo eso mismo, con la misma runa, ¿qué más de lo que aún no sabía usar ya le pertenecía?

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Días después de practicar y mejorar todo lo que ya sabía, era hora de dar el siguiente paso. Algo más ofensivo, según las palabras de Majull.

—¿Qué?

—La Detonación Pura.

Sheijuu tardó un momento en reaccionar. El nombre le trajo de vuelta el olor a metal caliente de los campos de entrenamiento en Sadoku, las manos vendadas de los reclutas, el sonido seco de pequeñas explosiones repitiéndose una y otra vez a lo largo de toda una tarde.

—La conozco. Nos la enseñaban en el ejército. Concentras la Escencia en un punto, lo más pequeño que puedas. Cuando la comprimes, se vuelve visible. Genera calor. Y si sigues metiendo Escencia ahí dentro, en algún momento se desestabiliza, o la liberas tú mismo, y explota.

—Exacto. Es de las primeras técnicas que se enseñan, porque obliga al cuerpo a aprender control fino de una forma que ninguna otra práctica consigue. Pero nunca fue una técnica de combate.

—No. Nadie la usaba en una pelea de verdad. Nadie que yo conociera, al menos.

—¿Sabes por qué?

Sheijuu lo pensó un momento, aunque ya conocía la respuesta desde hacía años. Recordó las quejas de los oficiales, los recluta con las manos vendadas.

—Porque casi nadie tenía Escencia suficiente para que valiera la pena. Porque en cuanto la sueltas, explota, y te lleva a ti por delante igual que al enemigo. Y porque el tiempo y el control que exige, comparado con lo poco que hace, la vuelve inútil en una guerra de verdad. Es más rápido clavar una espada.

—Tres razones correctas —dijo Majull—. Y las tres dejan de aplicarte a ti. Tienes más Escencia de la que cualquier soldado de Sadoku pudo soñar. Y tu cuerpo se regenera antes de que el daño termine de hacerse. Los dos problemas que la volvían inútil, tú ya los resolviste sin proponértelo.

—¿Y el tercero?

—El tercero vas a tener que resolverlo tú.

Sheijuu recordaba bien cómo se veían esas esferas en el campamento militar. Del tamaño de una nuez, casi nunca perfectamente redondas, temblando de forma irregular en la palma de algún recluta hasta que se soltaban con un estallido pequeño, parecido al de un petardo, dejando la piel enrojecida y a veces una ampolla si el recluta no había usado los guantes reglamentarios.

Cerró los ojos y buscó ese mismo punto de compresión que había aprendido a encontrar años atrás. La Escencia respondió de inmediato, mucho más rápido de lo que recordaba, acumulándose en su palma con una facilidad que no tenía nada que ver con el esfuerzo de sus días de recluta. En segundos, tenía una esfera del tamaño de su propia cabeza flotando sobre su mano, brillando con una luz blanca que ninguna esfera militar había alcanzado jamás.

—Sheijuu.

—Lo veo.

—Suéltala. Ahora.

Sheijuu no llegó a soltarla del todo. La esfera se desestabilizó un instante antes, y la explosión lo lanzó varios metros hacia atrás, contra el tronco de un árbol. Cuando se puso de pie, su antebrazo colgaba en un ángulo que no debería ser posible, la piel abierta desde el codo hasta la muñeca, el hueso astillado visible por un segundo antes de que la regeneración empezara a cerrar la herida.

—Eso —dijo Majull, con una calma que no coincidía con lo que acababa de pasar— habría sido un brazo perdido, si no fuera por ti.

Sheijuu estaba arrodillado del dolor. El puño del brazo izquierdo apoyado fuertemente contra el suelo. La cara roja de aguantar la respiración.

Después de un minuto completo, que aparentó ser más largo, pudo soltar el aire de sus pulmones cuando el dolor desapareció con el crugir de los huesos volviendo a su lugar.

Sheijuu flexionó los dedos, comprobando que todo seguía en su sitio bajo la piel que ya terminaba de sellarse. El dolor todavía le recorría el hueso, un eco sordo que tardaría en desaparecer.

—Otra vez —dijo, sin esperar respuesta.

La segunda esfera fue más pequeña, del tamaño de un puño, con la esperanza de que menos Escencia significara menos daño. Explotó de todas formas antes de que pudiera lanzarla, y aunque el brazo sobrevivió intacto, el retroceso lo tiró de espaldas al agua del lago. La tercera vez intentó soltarla apenas empezaba a formarse, y la esfera se deshizo sin fuerza, sin daño, pero también sin ninguna utilidad. Uno de los dos extremos, comprendió, siempre terminaba igual: o la esfera era demasiado débil para servir de algo, o era demasiado fuerte para sostenerla.

—El problema no es el tamaño —dijo Majull, después del quinto intento fallido—. Es que toda la Escencia que metes ahí dentro se mueve como una sola cosa. En cuanto se desestabiliza una parte, se desestabiliza todo a la vez.

Sheijuu se quedó mirando su propia mano, todavía humeante por el último intento.

—¿Y si no fuera una sola cosa?

Pasó los días siguientes intentando dividir la Escencia dentro de la esfera, no en una sola masa girando, sino en corrientes separadas, cada una moviéndose en una dirección distinta dentro del mismo espacio esférico. Al principio las corrientes se mezclaban de inmediato, chocando entre sí y provocando la detonación incluso antes de que la esfera terminara de formarse. Tuvo que aprender a mantenerlas separadas por fracciones de espacio casi imperceptibles, como capas de agua y aceite forzadas a convivir sin mezclarse del todo.

Cuando por fin lo consiguió, la esfera que se formó en su palma parecía tranquila. En su superficie, la luz blanca se movía en espirales lentas, superpuestas, casi armoniosas a la vista. Pero Sheijuu podía sentir, por dentro, la tensión de cada corriente evitando a la otra por apenas un instante de distancia. Bastaba con que dos de ellas se tocaran para que todo terminara igual que antes.

—Ahora la controlas —dijo Majull—. Puedes decidir cuándo se toca. Cuándo explota.

—Puedo mantenerla más tiempo.

—Sí. Pero sigues teniendo el mismo problema.

Sheijuu ya lo sabía. Podía decidir el momento exacto de la detonación, pero seguía estando ahí, con la mano extendida, cuando el momento llegaba. Lanzarla no bastaba: incluso arrojada, la onda expansiva alcanzaba su brazo antes de que pudiera apartarlo del todo. Pasó dos días probando distancias, ángulos, tiempos de vuelo, y en dos días perdió la piel del antebrazo tantas veces que dejó de contarlas.

La solución, cuando llegó, no fue una idea de Majull ni una instrucción aprendida en el ejército. Fue algo que Sheijuu ya sabía hacer con el vacío, aplicado de una forma que nunca había considerado: en el instante antes de que las corrientes se tocaran, liberó una ráfaga de aire comprimido hacia adelante, empujando parte de la fuerza de la explosión en esa dirección antes de que ocurriera. No era suficiente para anular el impacto. El calor seguía llegando, y el retroceso seguía siendo brutal, capaz de tirarlo al suelo cada vez. Pero el brazo, esta vez, seguía siendo un brazo.

—Otra vez —dijo Sheijuu, con la piel del antebrazo todavía humeante.

Y lo hizo otra vez. Y otra. Hasta que la Detonación Pura dejó de ser la técnica de entrenamiento que había conocido en el ejército, y se convirtió en algo suyo: una esfera del tamaño de una cabeza, dividida por dentro en corrientes que fingían armonía, capaz de reventar una roca del tamaño de una casa, y que ya no le costaba un brazo cada vez que la usaba. Solo piel quemada, y un retroceso que aprendió a aceptar como el precio justo.

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Las improntas en las vendas llegaron más tarde. Sheijuu ya sabía cómo hacerlas, desde sus días en el ejército, pero Majull le enseñó una forma más eficiente, más duradera. Sellos que no se desgastaban con el uso, que mantenían su forma incluso bajo presión.

—Ponlas en los brazos —dijo Majull—. Ahí estarán siempre disponibles, sin que tengas que buscarlas.

Sheijuu pasó días preparando las vendas, enrollándolas alrededor de sus antebrazos, grabando los sellos con la precisión que Majull le exigía. Era un proceso lento y meticuloso, pero cuando terminó, sintió que cada sello era una herramienta más en su arsenal, lista para ser usada sin pensarlo.

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Una tarde, sentados cerca del lago, Majull habló sin que hubiera una pregunta previa.

—Hay algo que debes entender antes de ir.

Sheijuu esperó. El sol se reflejaba en el agua, y el viento movía los árboles a su alrededor.

—El que mataste aquí, el que estaba junto al árbol, era uno de los más débiles.

Sheijuu no respondió de inmediato. Sabía que Majull no estaba siendo cruel, solo honesto. Pero la frase pesaba más de lo que esperaba.

—Lo sé —dijo finalmente.

—¿Y aun así quieres ir?

Sheijuu miró el lago, sintiendo el frío del agua en sus dedos, el silencio del bosque a su alrededor. Pensó en Shaara, en la aldea, en el pilar que había crecido en el horizonte. Pensó en los animales agonizantes y en las aldeas vacías.

—Sí.

—¿Por qué?

La pregunta era genuina, no un desafío. Sheijuu lo notó en el tono de Majull, en la forma en que la había formulado. El guardián quería entenderlo, no cuestionarlo. Quería saber qué lo impulsaba, qué lo sostenía.

Sheijuu tardó un momento en responder. No era una pregunta fácil, y quería responderla con honestidad.

—Porque si no voy yo, no va nadie —dijo—. Y ellos seguirán viniendo. Siempre encontrarán un mundo nuevo, una vida nueva. Y nadie se interpondrá en su camino, porque nadie sabe que existen, o porque nadie puede hacer nada. Yo puedo. No porque sea más fuerte, sino porque ya he perdido todo lo que tenía que perder. No tengo nada que me detenga.

Majull procesó eso. Sheijuu sintió que el guardián estaba considerando sus palabras, entendiendo que no eran solo palabras, sino la verdad de lo que llevaba dentro.

—Entiendo —dijo finalmente—. No es venganza. Es responsabilidad.

—Sí —confirmó Sheijuu, sintiendo que la palabra era la correcta—. Es responsabilidad.

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Esa noche Sheijuu volvió a la tumba de Shaara por última vez antes de partir. El camino era corto, y el silencio que lo acompañaba era el mismo que había sentido desde que la había enterrado. Se quedó allí un rato, sintiendo el viento frío en su rostro, la noche oscura a su alrededor.

No lloró. No esta vez. Pero se quedó allí, recordando, sintiendo el peso de su ausencia.

—No he sido bueno diciendo adiós —dijo en voz baja.

Majull no respondió. Algunas cosas no necesitaban respuesta.

Cuando finalmente se puso de pie, ajustó las vendas en los brazos, comprobó la espada, y miró el cielo. Había muchas estrellas, más de las que recordaba haber visto nunca.

—¿Listo? —preguntó Majull.

Sheijuu no respondió de inmediato. Miró las estrellas un poco más, sintiendo el peso de la decisión que había tomado.

—Sí —dijo, y sintió que su voz era más firme que nunca—. Vamos.

El espacio se dobló a su alrededor, y Sheijuu desapareció entre las estrellas, dejando atrás Sadoku, la aldea, el lago, y la tumba de Shaara. El viaje había comenzado, y el siguiente objetivo ya estaba en su mente: encontrar a los que habían hecho posible la muerte de Shaara. A todos.

El espacio se cerró detrás de él, y la oscuridad lo envolvió.

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Fin del capítulo 25

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