Sheijuu. [Español]

Capítulo 27: El archipiélago.

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# Capítulo 27

## El archipiélago

El planeta apareció como un punto azul entre dos estrellas que apenas brillaban, una mancha de color en medio de la negrura infinita que Sheijuu había aprendido a cruzar sin pensarlo demasiado. Se detuvo a varios miles de kilómetros, dejando que el Ojo del Vacío se extendiera sobre la curvatura del mundo, sintiendo la textura de la Escencia ambiental como una caricia distante sobre su piel. Era densa y cálida, diferente a la de Sadoku, más parecida a la respiración de algo vivo y antiguo que a la energía dispersa que había encontrado en otros lugares.

—Hay Escencia —dijo.

—Sí —confirmó Majull—. Mucha.

—¿Primordiales?

Una pausa. Majull extendió su percepción tanto como pudo, barriendo el sistema con la misma paciencia metódica que usaba para todo lo que requería precisión.

—No. Nada de eso aquí.

Sheijuu permaneció flotando un momento más, observando el planeta girar despacio bajo la luz de su sol. No era verde como el que había dejado atrás semanas antes, aquel que se prometió no tocar. Era azul. Casi completamente azul, salvo por manchas dispersas de tierra que rompían la superficie como piedras asomando en un río demasiado ancho. El azul era profundo, intenso, con vetas más claras donde el sol se reflejaba en la superficie del agua como pequeños destellos de luz blanca. Las nubes formaban espirales sobre los océanos, moviéndose con la lentitud de algo que no tiene prisa porque sabe que el tiempo está de su lado.

—¿Vamos?

No esperó respuesta. Cayó.

El descenso atravesó capas de nubes blancas, después grises, después una humedad que se le pegó a la piel antes incluso de tocar el agua. El aire se volvió más denso, más cálido, y el olor a sal y a algo orgánico, denso, vivo, llenó sus pulmones con una intensidad que no había sentido desde hacía mucho. Aterrizó sobre una de las islas más grandes, una franja de arena oscura rodeada de acantilados bajos cubiertos de una vegetación espesa, de un verde casi negro que brillaba con la humedad constante del clima. La arena era gruesa y áspera bajo sus botas, mezclada con pequeños fragmentos de concha que crujían al pisarlos.

Sheijuu inhaló profundamente, dejando que aquel olor le llenara los pulmones.

—Huele a Sadoku —murmuró.

—No es Sadoku.

—Lo sé. Pero huele parecido. A tierra mojada, a algo que está vivo.

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Majull no respondió a eso, y Sheijuu intuyó que el guardián también sentía algo parecido, aunque no lo dijera en voz alta. Caminó por la playa durante un rato, sin rumbo concreto, dejando que sus pies se hundieran en la arena húmeda con cada paso. Hacía semanas que no caminaba sin un propósito inmediato detrás del movimiento. Se sentía extraño, casi incómodo, como un músculo que se usa después de mucho tiempo en reposo. El sonido de las olas era constante, un ritmo que no variaba, que no se apresuraba ni se detenía, y por alguna razón eso le resultaba reconfortante.

Fue el sonido lo que lo detuvo. Un bramido. Profundo. Largo. Que pareció atravesar el aire entero antes de perderse en el horizonte. Sheijuu giró la cabeza hacia el mar y sintió el viento salado en su rostro mientras buscaba el origen del sonido. A lo lejos, entre dos islas separadas por un canal ancho de agua turquesa, algo enorme rompió la superficie.

Una forma gris, alargada, cubierta de lo que parecían placas óseas a lo largo del lomo. El cuerpo entero medía, calculó rápidamente, más de cuarenta metros. Quizás cincuenta. No se movía con violencia. Se movía con la lentitud pesada de algo que lleva existiendo así durante mucho tiempo, sin necesidad de probar nada a nadie. Su piel era rugosa, con surcos profundos donde crecían pequeños organismos que brillaban débilmente bajo el sol.

—¿Eso es...?

—Una de muchas especies —respondió Majull, con un tono que Sheijuu identificó, sorprendido, como genuino interés—. Hace siglos que no veía una congregación así.

—¿Congregación?

Majull no necesitó explicarlo. Porque en ese momento, detrás de la primera criatura, emergieron más. Cinco. Diez. Una veintena, repartidas a lo largo del canal, todas avanzando en la misma dirección general, todas con el mismo ritmo pausado, como una procesión que ningún humano había presenciado jamás. Algunas eran más pequeñas, con manchas blancas en el lomo que parecían formar patrones únicos, como huellas dactilares de un mundo que no conocía el concepto de la individualidad. Otras eran más grandes, con cicatrices que contaban historias de encuentros que Sheijuu nunca conocería.

Sheijuu se sentó sobre una roca cercana a la orilla, sintiendo la textura áspera y caliente bajo sus dedos, y observó. No por cautela, no completamente. Sino porque, por primera vez en mucho tiempo, algo lo hizo detenerse simplemente para mirar.

Pasaron horas. Las criaturas —Majull las llamó, sin mucha ceremonia, "guardianes del canal", aunque admitió no conocer su nombre real— continuaron desplazándose en grupo durante toda la tarde, deteniéndose ocasionalmente para alimentarse de algo que flotaba bajo la superficie, una especie de alga brillante que se extendía en mantos densos sobre la arena. Se comunicaban entre sí con aquellos bramidos largos que resonaban entre las islas como un idioma que Sheijuu no podía comprender pero que, de alguna forma extraña, tampoco necesitaba entender para sentir que significaba algo. A veces, cuando se acercaban entre sí, emitían sonidos más cortos, casi como preguntas, y los otros respondían con otros igual de breves.

—¿Por qué viajan juntas? —preguntó, cuando el sol ya empezaba a inclinarse hacia el horizonte, tiñendo el agua de tonos dorados y naranjas que se reflejaban en las placas de los animales.

—Por la misma razón que cualquier cosa viaja junta. —Majull hizo una pausa—. Protección. Memoria compartida de las rutas. Costumbre transmitida durante generaciones. O simplemente porque prefieren no estar solas.

Sheijuu no respondió a eso. Pero algo en la frase se quedó con él más tiempo del que hubiera querido admitir. Miró a las criaturas, sus movimientos sincronizados, la forma en que ninguna se separaba demasiado del grupo, y pensó en la aldea, en Kaider, en Shaara. En cómo también habían viajado juntos alguna vez.

Esa noche acampó en la misma playa, sin necesidad real de hacerlo —ya no necesitaba dormir con la frecuencia de antes, ni comer con la misma urgencia—, pero lo hizo de cualquier forma. Algunas costumbres humanas se negaban a desaparecer del todo, sin importar cuánto cambiara el resto de su cuerpo. Encendió un fuego pequeño con madera seca que encontró entre las rocas, y el olor a humo se mezcló con el del mar. Se sentó frente a las llamas, sintiendo el calor en la cara y el frío de la noche en la espalda, y observó las estrellas, distintas a las de Sadoku, distintas a las de cualquier cielo que hubiera visto antes, organizándose en patrones que no significaban nada para él todavía.

—Majull.

—¿Sí?

—¿Cuántos planetas como este existen?

El guardián tardó en responder. Sheijuu notó que su voz, cuando llegó, tenía una calidad diferente, más pesada.

—No lo sé. Más de los que cualquiera podría contar en una vida.

—¿Y cuántos los Primordiales ya...?

No terminó la pregunta. No hizo falta.

—Más de los que me gustaría admitir.

El fuego crepitó. A lo lejos, todavía podía escuchar, ocasionalmente, el bramido distante de alguna de las criaturas marinas, comunicándose con el resto de su grupo en la oscuridad. El sonido llegaba amortiguado por el viento, como un eco de otro mundo, y Sheijuu cerró los ojos, dejando que aquel ruido lo envolviera. Por primera vez en mucho tiempo, no pensó en matar a nada. Solo escuchó.

Fin del Capítulo 27

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