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Nuestras respiraciones se mezclaban, mientras nuestro mundo se unificaba en uno. La luz amarilla que lo golpeaba, de alguna forma, lo hacían más especial.

—Todo era perfecto —susurré sin abrir los ojos—. Todo era mío.

Capítulo 38: Confesiones en Miel de Maple III.

Pero me era imposible no notarlo. —Algo estaba mal —declaré, viendo su rostro confundido, mientras me acercaba al alféizar—. Esto es lo que está fallando.

Nolan no sabía qué decir, solo se quedó en su asiento, viendo mi disgusto. —¿No entiendo...? ¿Qué está mal?

—La muerte —susurré, tocando las hojas marchitas de la planta frente a la ventana, mi estómago se retorció, mientras lágrimas amenazaban con caer—. No está bien, no está bien, no está nada bien —repetía, apretando las mangas de mi suéter—. No está bien que un ser vivo muera.

Era irónico, estaba llorando por un ser vivo, cuando en mi otra vida era considerada una asesina serial. Estos eran los sentimientos que Ryne resguardaba, todo lo que le había obligado reprimir se materializaba con lágrimas... ese cansancio, ese dolor, esa tristeza, ella me lo mostraba.

Esta no es la felicidad para la que creé su existencia, ella no estaba cumpliendo su papel, estaba volviéndose más real de lo que yo puedo controlar.

Tomé la planta entre las manos, sintiendo una punzada en el corazón. Pasé el dedo por la tierra, seca y dura, como era de esperarse. —No dejaré que nada muera —susurró, viendo nuestro reflejo en el cristal.

Nolan suavizó su mirada, sonriéndome con todo el cuerpo. —Podemos pedir algo de agua —declaró tomándome de la mano—. Vamos por un vaso, es lo que necesita.

Asentí, dejándola sola por un momento, acercándonos al bibliotecario, cual disfrutaba la primera dona de una caja nueva.

—Y esas caras tortolitos, no me digan que ya terminaron —declaró dándole un mordisco al glaseado, mientras su rostro saltaba de sorpresa—. No me digan, algo peor. ¿Se van a casar?

—¿Tienes agua? —pregunté, bajando la cabeza—. Hay una planta con mucha sed en la parte de arriba, un vaso es suficiente.

No sabía cómo interpretar su rostro, sorpresa, gusto, pena, era una mezcla compleja de emociones incompatibles, pero que en su rostro, justo al ver a Nolan, se coordinaban para existir.

—Aquí tienes niña —suspiró, extendiéndome una pequeña regadera de plata.

La tomé con dos dedos. —Gracias —dije, intentando verlo a los ojos, pero él se ocultaba con una sombra de vergüenza injustificada.

No lo tomé en cuenta, junto a mi rubio regresamos a nuestra mesa. Pasé el dedo por la tierra, aflojándola para que el agua penetrara mejor. Y con un armónico movimiento, bajé su boquilla, regando la planta despacio, dejando que el agua refrescara sus raíces.

—No sabía que te gustaran tanto las plantas —dijo, acomodando las sillas.

—Es un ser vivo, es importante —respondí, dejándola en su lugar, un poco más cerca de la sombra—. Y como tú dijiste ese primer día. Las cosas que importan merecen ese cuidado.

Sus brazos me rodearon por la espalda. —No esperaba que te gustara esa frase —murmuró, agachándose para darme un beso en la mejilla.

Acaricié su mentón, colocando mi cabeza en su hombro. —La aprendí de alguien. De alguien muy especial que merece ese cuidado.

Sus brazos me apretaron la cintura. Y el suéter, como siempre, eligió ese momento para caerse del hombro izquierdo, dejando expuesta mi clavícula con esa puntualidad que ya no era casual. Él lo notó, subiendo con dos dedos, dejando un rato su mano en mi piel.

Me volteé; solo para verlo, confirmando mis deseos, nuestro mundo volvía a ser perfecto. Sin muerte ni dolor, solo paz y sus ojos.

—Me encanta cuando haces cosas así —susurró, con los dedos en mi espalda.

Nos vimos directamente a los ojos: yo en sus esmeraldas grisáceas y él en mis pupilas de manzanilla.

—Nolan. ¿Te puedo pedir algo? —dije, escondiendo mi rostro rojo.

Él volvió a sonreír, tocando mi mejilla. —Diga usted; os daré todo lo que tengo en mis manos si me lo pedís.

Reí un poco, acomodando mi flequillo. —Llevamos ya varias lunas siendo almas gemelas —improvisé, sintiendo lo dulce y vergonzoso de mis palabras—. Sé que celebramos el día que nos conocimos, pero para mí, desde que te vi ya éramos algo más especial.

—¿Qué quieres decir? —dijo frunciendo el ceño.

Mis dedos aplastaron la tela de mi falda, intentando de alguna forma encontrar las fuerzas que necesitaba. —El uno de septiembre cumplí veintidós años... no es reclamo, pero a veces siento que me tratas como si fuera a romperme si te acercas demasiado.

Al instante entendió mi mensaje, bajando su mirada al piso. —No es eso.

—¿Entonces qué es? —reclamé—. Ya no soy una niña.

No respondió de inmediato, apretó la barbilla un segundo antes de continuar. —Contigo quiero hacerlo bien, hacer las cosas diferente —me confesó al fin—. Pero hacer las cosas bien toma su tiempo, algo que quiero respetar.

—Ya tomó tiempo, y creo que ya es el suficiente —declaré apretando mis piernas con toda la fuerza que necesitaba creer que tenía—. ¿En serio quieres esperar más?

Me lancé a sus brazos, acurrucándome en su pecho. Sintiendo cómo su corazón se aceleraba junto al mío. Alcé la cabeza, viéndolo a los ojos, acercándome a sus labios al ritmo de nuestros latidos.

—Dime por favor. ¿Quieres que espere un poco más? —repetí con lágrimas en los ojos.

Sus pupilas titubearon, con el cuello tenso y los labios inquietos. —No quiero —declaró, dándome permiso de ser feliz.

Estaba tan cerca de su boca, queriendo inmortalizar ese mágico momento, levantándome de puntitas mientras él bajaba el cuello. Era exactamente lo que quería, lo que anhelaba desde hace años, pero como siempre, su instinto de proteger mi pureza me ofreció su mejilla.

Me quedé quieta un segundo con los labios contra su piel, sintiendo cómo mi sentido de vida, la única razón por la que nací, me rechazaba como el sol a Ícaro.

Me sentí pequeña. No de estatura. De otra forma que solo Ryne me pudo hacer experimentar. Como una figura de vitrina que la gente rodea con cuidado. Pero yo no soy una figura, yo necesito calor, yo necesito una conexión.

Y era algo que este hombre no se permite darme.

Mis pies comenzaron a ceder, alejándome un paso tembloroso. —Me sigues viendo como a una niña —le dije, apretando el puño—. Nolan ¡No soy de porcelana! —grité por fin, cediendo a las lágrimas—. ¡No tienes que tratarme como si lo fuera! ¡No soy tan frágil! ¡No soy una niña!

El bibliotecario no se atrevió a silenciarnos, parecía que conocía muy bien esta escena, o conocía muy bien al chico frente a mí.

—No es que tenga miedo dañarte —confesó, susurrando esas palabras desde su pecho—. Solo quiero hacer las cosas bien, quiero ser bueno contigo.

Toqué su mejilla con las yemas de mis dedos. Viéndolo a los ojos, entendiendo las palabras que quería escuchar. —No tengas miedo de romperme; soy más fuerte de lo que crees.

—¿Esto es lo que realmente quieres? —preguntó, apretando los puños.

—Es lo que realmente quiero —confirmé abriendo las manos—. Yo siempre voy a decir que sí a cualquiera de tus deseos. Nunca lo dudes de mí.

Dio el primer paso. Deslizando sus manos por mi cuerpo. Bajando el cuello con cuidado, mientras yo lo recibía con manos abiertas. Nuestros corazones se unieron en ritmo, y como pincelada final, justo en el centro de la pintura, él... él regalándome mi primer beso.

Ya no en la frente ni en la mejilla. Sino en los labios.

Sentí un hormigueo nacer desde mi vientre, estremeciendo mi cuerpo entero en una excitación que nunca había experimentado. Mi rostro quemaba, mi cuerpo ardía; deseaba más, reclamarlo más.

Él despegó sus labios de los míos, diciéndome al oído. —Fue increíble —mientras despegaba las manos de mi cuerpo.

Pero yo quería más. Con dos dedos sostuve su camisa, diciéndole a los ojos. —No soy una niña; aún no quiero parar.

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