Ryne Moore: Yandere as a philosophy of Love
Chapter 58: luz
Empujé la puerta con una lentitud agónica. Y entonces lo vi. Él estaba fuera, en el umbral de la salida trasera, en cuclillas frente a algo pequeño.
Capítulo 6: Mi Mundo Perfecto V.
Me acerqué como una sombra, conteniendo el aliento. Y entonces lo vi entre sus manos.
Un gato blanco con las patas negras. El mismo que había visto en el árbol.
El aire regresó a mis pulmones con una violencia que casi me hace tropezar. No era la chica del pañuelo. No era nadie. Era solo un animal sucio que había aprovechado la puerta abierta.
—Hola, Ryne —me saludó sin voltear. Mi brujo. Siempre sabía cuándo yo estaba ahí—. ¿Qué crees? Escuché unas garras rascando la puerta y, al abrir, apareció este pequeñín. ¿No es precioso? Tiene el pelo casi tan blanco como el tuyo, solo que un poco sucio.
Me acerqué, analizando al intruso. Era un gato ordinario. Tenía las costillas marcadas bajo el pelaje y unos ojos inquietantes: uno verde grisáceo, y el otro blanco; lo más probable es que fuera ciego, al menos en ese ojo.
No entendía qué veía Nolan en él. Era un error de la naturaleza, un parásito blanco buscando calor.
Pero Nolan le hablaba con una paciencia que me pertenecía, preguntándole su nombre y situación, como si le fuera a responder.
Como lo hizo conmigo.
Nolan lo levantó, sosteniéndolo contra la luz.
—Tienes que verlo, Ryne. Con la luz se ve amarillo, es más hermoso.
Tal vez sea así como funciona, su bondad siempre encuentra a los más solos y necesitados.
Les ofrece un techo, un plato caliente de comida y un amor incondicional.
Aunque me gustaría negarme, ese gato se parecía a mí, igual que yo, solo tenía que decir que sí y aceptar su nueva vida.
Y dársela con devoción a la persona que se las concedió.
Pero ese animal no tenía los mismos planes que yo, y con un espasmo de su pelaje y garras, el animal forcejeó.
—¡Ten cuidado! —grité, estirando la mano.
Tarde. El gato lanzó un zarpazo al antebrazo de Nolan. Él soltó un quejido, una mezcla de risa nerviosa y dolor, mientras el animal saltaba al suelo y se perdía en la oscuridad del callejón.
Cuatro líneas rojas brotaron de su piel.
—Maldición, qué mala suerte —rio—. Nunca fui bueno con los animales.
—¿Estás bien? —salí al frío, atrapando su brazo con una urgencia que no pude ocultar. Mi pulgar rozó la sangre; no era grave, con algo de agua y jabón era suficiente.
—Sí, estoy bien, Ryne —contestó él, mirándome por fin a la cara. Pero cuando lo hizo, frunció el ceño—. ¿Qué te pasó? Tienes la cara roja.
—Es... es el frío —mentí, ella siempre sabía cómo hacerlo—. La temperatura baja de golpe a esta hora, ya sabes que no soy de aquí.
—Hoy definitivamente no es mi noche —añadió Nolan rascándose la nuca antes de suspirar—. Mejor dejamos la cena para otro día, ¿no? Creo que el universo me está enviando una señal.
—Pero... —el ruido en mi cabeza protestó—. Yo quería...
—Lo siento, Ryne. Quiero ir a casa a limpiar esto antes de que se infecte —me besó la frente, un contacto breve que olía a café y a jabón—. ¿Me entiendes, verdad?
Asentí, inhalando su aroma una última vez para que me durara hasta el amanecer.
—Ve a casa. Yo cerraré —le dije, forzando una sonrisa de empleada del mes—. Tienes clases mañana y no quiero que desarrolles ojeras por mi culpa.
Me regaló un abrazo, uno de esos que te hacen sentir que el mundo es un lugar seguro, aunque sepas que no lo es.
—No sé qué hice para que me premiaran con una mujer como tú.
—No lo sé, tal vez ser el hombre más maravilloso de la galaxia entera —reímos ante mi chiste, antes de que él se alejara.
Se subió a su auto, encendiéndolo de un movimiento. Yo despidiéndome con un movimiento de la mano, con la sonrisa congelada en el rostro hasta que las luces de sus faros se hundieron en la distancia.
En cuanto el silencio regresó, la sonrisa se marchó, ya que no había razón para seguir feliz, o al menos eso pensaba.
Giré todo el cuerpo, viendo hacia un grupo de tres bolsas de basura, ahí estaba el gato, donde debía estar.
Me acerqué, sus maullidos recibiéndome como un saludo gatuno. Nos miramos. Yo, con mis pensamientos en blanco; él, con su ojo ciego brillando bajo la luna.
—Haces mucho ruido —susurré—. ¿Tienes hambre?
Entré a la cocina, sacando un pedazo de carne de las sobras. Lo puse en el suelo, solo para él.
—Ven. ¿Tienes hambre, no es así? —le dije—. Yo no como carne, pero tú sí, preciosura.
El gato se acercó, cauteloso, olió la carne, la lamió, todo antes de darle la primera mordida y devorarla en tres.
—Tú sí que sabes comer.
Me agaché, dejando que su nariz húmeda rozara mis dedos. Le pasé la mano por el lomo, sintiendo la vibración de su ronroneo. Era un ruido pequeño.
—Zapatitos —susurré, usando el nombre que Nolan le hubiera dado—. Es una lástima que se fuera. Le habría gustado verte así de manso.
Lo levanté con delicadeza, acercando su cara a la mía. Los dos ojos, el verde y el blanco, me devolvieron la mirada.
—Nolan tiene razón, eres hermoso contra la luz —mi sonrisa apenas se sostuvo—. Pero hoy dañaste algo que no era tuyo —le comenté, casi en un susurro amoroso.
—No solo dañaste, también robaste y despreciaste lo que te ofrecieron —añadí, viendo cómo inclinaba la cabeza, era obvio que no entendía. Los animales nunca lo hacen, y por eso son tan fáciles de romper.
—¿Acaso mi vida te pareció tan patética, o por qué la rechazaste?
Tensé los dedos un poco, lo suficiente para que lo notara, pero no para que respondiera.
—Tuviste algo que yo no y lo despreciaste, ¿no sabes cómo eso nos hace sentir?
Pero ya no tenía razones para contenerme, ya le había dicho lo que quería, además. —Ya es hora de cerrar.
El animal reaccionó al instante, clavando sus uñas traseras en mi muñeca izquierda con la misma convicción con la que había herido a Nolan. El ardor fue instantáneo. Tres líneas paralelas aparecieron.
Apretando más fuerte.
El sonido que salió de su garganta no fue un maullido. Fue un crujido agudo, desesperado, que llenó el callejón de una música nueva.
Pero lo que más sentí fue en mis manos, las cuales dejaron de arder.
El gato luchó. Fue valiente, se lo concedo. Sus patas buscaban aire, sus uñas arañaban el vacío, sus ojos se abrían con una urgencia fascinante. Pero eran las siete de la tarde en un callejón donde la gente prefiere cerrar las persianas antes que preguntar qué pasa afuera.
Sus movimientos se volvieron espasmos lentos, rítmicos, hasta que cesaron.
Nadie toca lo que amo, pensé, mientras la estática de mi cabeza se transformaba en un silencio celestial.
—Ya había olvidado esta tranquilidad —susurré, sintiendo cómo mi cuerpo se relajaba—. Da asco.
Lo acomodé entre las bolsas de basura con una ternura casi maternal. —Descansa —le dije, acariciándolo por última vez. Miré mis antebrazos, miré las tres líneas rojas de las cuales brotaba mi sangre.
Sonreí. —Hacemos juego ahora, Nolan —las acaricié con cuidado, sintiendo cómo esto nos unía aún más—. Ahora somos iguales.
Volví a ver a Zapatitos, era adorable lo manso que estaba. —Sabes algo, tu pelaje sí era lindo, no es un blanco que odie —le dije por última vez—. Pero ese ojo blanco es algo que este mundo rechazaría, por eso lo odio.
Me limpié las manos en el delantal, viendo cómo pasaba un folleto de la suscripción mensual del teléfono.
—En dos semanas deberíamos pagarlo, aunque ya van dos meses que no lo usamos —pensé, recordando que la única llamada que venía de ahí era de la señora Miclan—. Le diré a Nolan que lo cancele y contrate internet. ¿Excelente idea, no crees?
Asentí, sintiendo cómo mi mano izquierda aún temblaba.
Apagué las luces. Cerré con llave.
Caminé hacia mi casa bajo el cielo frío del martes. Las heridas me ardían bajo la ropa, un recordatorio dulce de mi lealtad.
Era una noche perfecta. En mi vida perfecta.
—Y creo que ese fue el inicio, doctora.
Le dije, de regreso a su sala. El silencio se volvió sólido. La doctora no respondió. Su lapicera seguía suspendida sobre la hoja en blanco, como si el flujo de su mundo se hubiera detenido mientras el mío apenas comenzaba a girar.
La observé. Analicé el ligero temblor de su mano enguantada.
Bajé la vista, sintiendo su rechazo.
—Así comenzó el caso Nolan —le indiqué, apuntando a su libreta—. Desde el testimonio de su mayor víctima.
Ella movió el lápiz, no sé qué escribió, solo sé que lo hizo con mucha paciencia.
Ryne Moore: La confesión de la Yandere que asesinó a su amado. I I I I I uno i i u u
If you find any errors (non-standard content, ads redirect, broken links, etc..), Please let us know so we can fix it as soon as possible.
ReportUse arrow keys (or A / D) to PREV/NEXT chapter
Loading comments…