Sheijuu. [Español]
Capitulo 44: Un descuido bajo presión.
Capítulo 44
Un descuido bajo presión
Las grietas en el aire no eran decorativas.
Sheijuu lo comprendió en el momento en que el primer dragón emergió de ellas, no como proyectil sino como presencia: una criatura de Escencia condensada que tenía masa, velocidad y la inequívoca intención de convertirse en el último problema de su vida. Era blanco, casi traslúcido, con un cuerpo largo y sinuoso donde el cuello y la cola parecían ser la misma cosa continuada sin interrupción, terminado en una cabeza alargada de mandíbulas visibles. Cuatro patas cortas, casi decorativas, colgaban a los costados sin llegar nunca a tocar el suelo. No tenía alas. No las necesitaba: se deslizaba por el aire sin atmósfera con la misma fluidez con que una serpiente se desliza sobre la arena, ondulando de un extremo a otro como si el vacío del planeta fuera, para él, un medio tan natural como cualquier otro.
Sheijuu se apartó. El dragón pasó a un palmo de su hombro y se estrelló contra la roca a su espalda, abriendo un surco de diez metros cuya vibración le llegó por las plantas de los pies antes de que el polvo terminara de subir. Otro emergió por la izquierda. A ese lo recibió con la katana: la hoja entró en el cuello de la criatura con la resistencia de una cuerda gruesa, cortando a medias, y el dragón, en lugar de caer, se retorció sobre sí mismo y le barrió el flanco con la cola, lanzándolo de espaldas contra el borde de un cráter. Rodó. Se incorporó. Un tercero bajaba ya desde arriba, ondulando en el aire.
Eran tres, después cinco, después más de los que tenía sentido intentar contar, y cada uno exigía atención propia. Las agujas de cristal negro seguían llegando desde las grietas que Azharel no había cerrado, cubriendo con proyectiles los ángulos que los dragones dejaban libres. Era un sistema, comprendió Sheijuu mientras dejaba pasar al cuarto dragón por encima de su cabeza y recibía el quinto en el costado con fuerza suficiente para sacarle el aire y llevarlo, de espaldas, a través de varios metros de roca muerta: no ataques separados, sino una arquitectura de presión diseñada para eliminar opciones hasta que no quedara ninguna.
Se dejó caer dentro de un cráter. Durante cuatro segundos las paredes le regalaron un flanco menos que cubrir. Después los dragones se ajustaron: dos entraron por el borde opuesto y un tercero se quedó arriba, cerrando el hueco como una tapa. Sheijuu salió por la única abertura que quedaba, con una aguja rasgándole la manga izquierda y el filo de otra dejándole un corte largo y limpio en el muslo derecho.
Retrocedió decenas de metros. Después cientos. Las rutas de escape se reducían con cada intercambio porque los dragones aprendían de sus movimientos anteriores, cerrando los huecos que había usado la primera vez para que no funcionaran la segunda, y Sheijuu se encontró haciendo algo que no había tenido que hacer hasta ahora: retroceder sin saber hacia dónde.
El cuerpo empezaba a cobrar la cuenta, todavía en voz baja. Los brazos le vibraban hasta los hombros después de cada bloqueo, y al cerrar la mano sobre el mango notó que los dedos tardaban un instante más de lo debido en obedecer. La respiración, que al principio del combate había sido un ritmo que ni notaba, se le acortaba: cada inspiración llegaba un poco antes de que la anterior terminara de vaciarse, sin dolor todavía, solo la sensación de correr con menos aire del que el cuerpo pedía.
Desde un punto elevado sobre el campo de batalla, Azharel observaba. Sin intervenir. Dejando que la arquitectura funcionara sola, con la paciencia de alguien que no tiene razón para apresurarse porque el resultado no tiene a dónde ir. Sheijuu lo percibía en la firma de su Escencia, estática y distante, el equivalente de cruzarse de brazos mientras el sistema hacía el trabajo.
Y entonces el Primordial cometió el error.
Fue pequeño. Tan pequeño que casi no registró. Uno de los dragones giró en una trayectoria que obligó a Azharel a ajustar el control del sistema desde su posición elevada, y en ese ajuste su atención se desplazó por completo hacia la técnica durante una fracción de segundo, abandonando el barrido constante que había mantenido sobre Sheijuu durante todo el combate.
Sheijuu lo vio. No el movimiento físico, que habría sido invisible desde esa distancia. La sombra de Escencia que el Ojo del Vacío proyectaba sobre los movimientos de Azharel mostró ese desplazamiento de atención como una discontinuidad breve en algo que hasta entonces había sido perfectamente continuo.
No reaccionó. Guardó la información.
Siguió retrocediendo. Un dragón le cerró las mandíbulas sobre el antebrazo izquierdo y, aunque los dientes de Escencia no llegaron a perforar la piel, le aplastaron el músculo hasta arrancarle un gruñido entre dientes. Sheijuu tiró de la cabeza de la criatura hacia un lado con todo el peso del cuerpo y bajó la katana sobre el hocico hasta que las fauces se abrieron. El brazo quedó colgando un instante, hormigueando, sin fuerza. La sangre seca de la ceja izquierda le tiraba de la piel, y ese ojo empezaba a ver el mundo con un borde blando, como a través de agua sucia.
—Sheijuu.
La voz de Majull llegó entre dos esquivas.
—¿Qué?
—¿Recuerdas el lago?
Bloqueó un dragón con la katana, sintiendo la vibración del impacto subir por los brazos hasta los hombros.
—¿Puedes ser más específico?
—Las ondas.
Parpadeó. Esquivó una aguja que llegó desde la derecha. Recibió otra con la katana, perdió el equilibrio y cayó rodando antes de incorporarse de nuevo.
—Tu voluntad.
—¿Ahora?
—Ahora.
Había sido meses atrás. Junto al lago donde Sheijuu había visto por primera vez sus propios ojos reflejados, con la grieta fina en el iris que el Ojo del Vacío producía cuando estaba activo. La primera vez, en la orilla, había necesitado extender la mano hacia una piedra, como quien pide algo prestado. Semanas después, Majull le había pedido que dejara de necesitarla: que mirara una piedra en el agua y la moviera sin señas, sin gestos, solo con la intención sostenida de los ojos. Había tardado más de lo que le gustaría admitir. La piedra había vibrado, se había movido, había impactado directamente en su frente porque no había sabido calibrar la fuerza, y Majull se había reído con una autenticidad que era infrecuente en él.
Después había aprendido lo contrario. Repeler en lugar de atraer. Después ambas cosas a la vez sobre varios objetos. Después dirección, ángulo, magnitud, todo el vocabulario de la voluntad aplicada a través de los ojos hasta que se volvió algo que podía hacer sin pensar en los pasos. Tenía un alcance corto, diez metros, algo más si no le importaba lo que costara, y cada uso le vaciaba la reserva de Escencia como una gotera que no se cerraba.
Lo había practicado sobre rocas. Troncos. Agua.
Nunca sobre algo que intentara matarlo.
—Ahora, deja de usarlos solo para mirar —dijo Majull.
Sheijuu se detuvo.
No físicamente, no del todo: el cuerpo siguió moviéndose con los reflejos que el combate había construido durante la última hora. Pero algo cambió en la forma en que observaba el campo de batalla, como si de pronto recordara que tenía herramientas que no había estado usando porque la urgencia había reducido su atención a las más inmediatas y familiares.
La mano quiso subir por costumbre. La dejó donde estaba.
El primer dragón que venía directo hacia él viró de forma violenta, arrastrado por una fuerza que no venía de ninguna seña ni de ningún gesto codificado en Escencia, sino de la intención sostenida de sus ojos sobre su trayectoria. Fue más brusco de lo que había sido en el entrenamiento, porque el dragón tenía una masa y una velocidad que la roca y el agua no tenían, pero fue suficiente. Chocó contra otro que llegaba desde la derecha, y la colisión entre ambas criaturas sacudió decenas de metros de terreno a su alrededor.
El precio llegó de inmediato. Una punzada detrás de los ojos, seca y precisa, y un calor húmedo en el borde del ojo izquierdo. Sheijuu se pasó el dorso de la mano por el pómulo y salió manchado de rojo. No era sudor.
Los ojos blancos de Azharel se estrecharon desde su posición elevada.
Dos dragones más llegaron a la vez, uno desde arriba y otro desde atrás. Sheijuu giró en el sitio y empujó con todo lo que le quedaba de voluntad hacia afuera: la fuerza explotó desde él en un radio que convirtió el suelo en un cráter de veinte metros y envió a los dos dragones en direcciones opuestas, estrellándolos contra la roca muerta con impactos que levantaron columnas de polvo gris en el cielo sin atmósfera. Cuando la presión cedió, las rodillas le fallaron un instante. Se sostuvo sobre la katana clavada en el suelo, respirando con la boca abierta, y esperó a que el mundo dejara de inclinarse hacia la izquierda.
Azharel descendió de su posición elevada.
Ya no iba a observar desde lejos.
Aterrizó a diez metros con una aguja de cristal negro tan larga como su antebrazo en la mano derecha, sostenida como se sostiene una daga, y cerró la distancia antes de que Sheijuu terminara de incorporarse. La primera estocada iba al esternón. Sheijuu la desvió con el plano de la katana y, en el mismo instante, empujó con los ojos contra la muñeca del Primordial, calculando un tramo hacia afuera. Salió la mitad. La punta no le alcanzó el pecho, pero le recorrió el cuello y el trapecio en una línea larga y superficial que empezó a sangrar sobre la ropa ya desgarrada.
Azharel desapareció antes de que el filo de la katana llegara a su muñeca.
Reapareció por arriba, con un talón descendiendo hacia la coronilla de Sheijuu. Este no intento esquivar: ordenó con la mirada a una aguja clavada en el suelo, a su izquierda, que se arrancara de la roca, y la aguja dio una vuelta, quedándose con la punta hacia arriba, y subió silbando entre ambos como un látigo rígido. Azharel la apartó de un manotazo, y esa media décima de segundo fue todo lo que Sheijuu necesitó para girarse y abrir un corte en diagonal que no lo alcanzó, pero lo obligó a retroceder un paso completo sobre los restos de un dragón que ya se disolvía en polvo blanco.
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Un desplazamiento corto de Escencia lo dejó a espaldas del Primordial, la katana ya cayendo en un corte descendente hacia el cuello. Pero Azharel ya no estaba ahí: el filo cortó aire y siguió su curso por el propio impulso, arrastrando a Sheijuu un paso de más, sin nada que detener el movimiento. Azharel reapareció exactamente donde había estado un instante antes —el mismo punto que Sheijuu acababa de atravesar—, y el codo del Primordial, que ya había anticipado el desplazamiento, le llegó al esternón con la fuerza suficiente para vaciarle los pulmones de una sola vez.
Sheijuu retrocedió varios pasos, tambaleándose, el aire todavía negándose a entrarle del todo en los pulmones. Azharel ya estaba sobre él de nuevo, la aguja en la mano derecha, cerrando la distancia con la clara intención de atravesarle el pecho de parte a parte. Sheijuu apenas alcanzó a levantar la mirada. No hubo tiempo para calcular ángulos ni para nada que se pareciera a precisión: empujó con los ojos todo lo que tenía delante, una descarga bruta y sin forma que golpeó a Azharel de lleno y lo lanzó varios metros hacia atrás, la aguja escapándosele de los dedos y perdiéndose entre los escombros.
Luego Sheijuu cayó de rodillas. No aprendió nada nuevo de ese golpe, salvo que Azharel también había aprendido.
Cuando volvió a respirar, el aire entró con un silbido corto que antes no tenía. El borde blando de la visión izquierda había crecido hasta comerse un tercio de ese lado, y la mano que sostenía la katana temblaba con un temblor fino y constante que no se detenía cuando le ordenaba que se detuviera.
El Primordial aterrizó limpiamente a unos treinta metros, juntó las manos y formó un sello. Miles de fragmentos de los dragones destruidos se levantaron del suelo, convertidos en lanzas de materia blanca que llenaron el espacio entre ambos con la misma densidad que la lluvia de agujas de antes, pero con mayor masa y mayor velocidad. Sheijuu se puso de pie a medias y extendió ambas manos: la presión en un radio de varios metros cambió, arrastrando la mayoría de las lanzas contra sí mismas o contra el suelo, aunque varias lo alcanzaron de todas formas. Una le abrió el hombro. Otra le rozó el costado. Una tercera, que no vio venir, le atravesó el muslo izquierdo de lado a lado.
Ninguna alcanzó nada vital.
Suficiente.
Azharel se movió como lo que era. Lo que hasta entonces había repartido entre sus técnicas y su propio cuerpo, lo juntó: las grietas se multiplicaron hasta cubrir el horizonte, los dragones emergieron de docenas de ellas a la vez, las agujas llenaron el aire desde todas las direcciones posibles y él mismo, en medio de todo eso, se movió con la velocidad y la precisión de alguien que ha dejado de medir al oponente y ha decidido simplemente terminar.
Sheijuu usó lo que tenía, y lo que tenía era cada vez menos. Un dragón le mordió la katana y tiró de ella con una fuerza que casi le arrancó los dedos; Sheijuu lo desplazó de lado con los ojos y le hundió el filo en la base del cuello hasta que el dragón se retorció. Otro bajó desde arriba: un salto corto de Escencia lo dejó por encima de la criatura, y allí repelió con tanta fuerza que la estampó contra el suelo, dejando en la roca un cráter alargado, con la silueta sinuosa del propio dragón grabada en la piedra.
Azharel se desplazaba de un lado a otro sin descanso, lanzando agujas desde ángulos ciegos, unas dirigidas a donde Sheijuu estaba y otras a donde iba a estar un instante después. Sheijuu esquivaba, desviaba, repelía con la katana cuando no había otra opción, pero ya no con la misma limpieza de antes: las heridas menores se le multiplicaban sin que la regeneración lograra mantener el ritmo, cada corte cerrándose un poco más despacio que el anterior. El cuerpo no perdonaba tan rápido como aprendía. Cada esquiva llegaba medio latido más tarde. El temblor de las manos había subido hasta los antebrazos. Del ojo izquierdo caía ahora un hilo continuo de sangre que se le metía en la comisura de los labios, y cada vez que forzaba los ojos para desviar algo, esa punzada detrás de la frente regresaba con un poco más de intensidad.
Azharel se lanzó hacia una de las grietas sin ningún indicio previo, ninguna postura de arranque, nada que el Ojo del Vacío pudiera leer antes de que ocurriera. Un instante estaba a quince metros. Al siguiente, una estela blanca y borrosa cruzaba el espacio entre ambos, demasiado rápida para seguirla con los ojos pero no lo bastante rápida para no dejar rastro: un filamento de luz que se desvanecía casi al mismo tiempo que aparecía, la prueba de que algo físico había recorrido esa distancia y no simplemente saltado de un punto a otro.
Sheijuu no tuvo tiempo de procesar nada de eso. El golpe le llegó al pecho antes de que terminara de registrar el movimiento, lanzándolo varios metros hacia atrás, atravesando una roca antes de detenerse e incorporarse con un movimiento continuo usando el impulso del impacto, la vista puesta ya en el lugar donde estaba el Primordial. Una grieta estaba a más de treinta metros delante de Sheijuu, y otra varios metros detrás.
Azharel volvió a desaparecer, esta vez entrando por la grieta delantera. Sheijuu, con el Ojo del Vacío fijo en el punto exacto por donde había entrado, esperó el ataque desde esa misma dirección.
No llegó de ahí. Llegó por la grieta detrás de Sheijuu, un ángulo completamente distinto, y el puñetazo que recibió en la espalda se lo confirmó con dolor: una vez dentro, Azharel no estaba limitado a salir por donde había entrado. Las dos grietas no eran dos puertas separadas. Eran la misma puerta, vista desde dos lados.
Sheijuu se apartó, rodó, se incorporó con la respiración cada vez más corta. La tercera vez que Azharel cruzó, lo hizo de nuevo por la grieta trasera, y esta vez Sheijuu no intentó adivinar la salida. Miró el trayecto completo, la línea recta que unía ambas grietas, y calculó dónde tendría que estar un cuerpo moviéndose entre ellas a esa velocidad si decidía cortar camino a través del punto donde él mismo se encontraba.
—No es instantáneo —dijo Majull, con la voz tensa de quien procesa información al mismo ritmo que la comparte—. Se mueve. De verdad se mueve. Solo que muy rápido.
Sheijuu se apartó medio paso antes de que la estela apareciera.
No fue suficiente para esquivar del todo —la aguja le abrió una línea superficial en el antebrazo, un roce y no un corte—, pero fue suficiente para confirmar algo: el trayecto entre las dos grietas era fijo mientras ambas permanecieran abiertas. Una línea recta. Predecible, si se sabía dónde mirar.
—Ahí —dijo Majull.
—Lo veo.
Azharel cruzó una cuarta vez, y en esta ocasión Sheijuu ya no reaccionó al impacto sino al trayecto: interpuso la katana en el punto medio exacto entre ambas grietas, un segundo antes de que la estela blanca lo atravesara. El filo no llegó a cortar nada —Azharel se desvió en el último instante, forzando una corrección brusca que lo hizo aparecer varios metros fuera de la línea original, tropezando por primera vez en todo el combate con su propio impulso—, pero el mensaje quedó claro para ambos: el camino entre las grietas ya no era seguro para nadie.
Azharel recuperaba el equilibrio y miraba a Sheijuu por encima del hombro. Su rostro había perdido toda la calma del principio: ahora se podía ver que estaba irritado.
Las grietas se movieron, una detrás y otra delante, otra vez. La misma idea que Sheijuu ya sabía leer como una línea recta y vigilar en su punto medio. Pero esta vez, a mitad de trayecto, una tercera grieta se abrió a un lado, diminuta, casi invisible entre el resto —y Azharel, en lugar de completar la línea que Sheijuu tenía cubierta, se desvió hacia ella, saliendo por un ángulo que la vigilancia del punto medio no alcanzaba a cubrir.
La reconoció demasiado tarde.
La sombra de Escencia apareció, pero para Sheijuu apareció con un retraso de medio segundo que fue todo lo que Azharel necesitó. Emergió por el flanco derecho con el dorso de la mano ya en movimiento, y el golpe le llegó a Sheijuu en la mandíbula con un sonido que sintió más que oyó, un chasquido hueco que le recorrió el cráneo hasta las muelas. Salió despedido girando en el aire y se estrelló contra la roca de espaldas, con la cabeza rebotando una vez. La mandíbula no cerraba. Colgaba de un lado con una flojedad obscena, y el sabor a metal le inundó la boca.
Azharel no le dio tiempo a procesarlo. Ya estaba ahí de nuevo, con una aguja bajando en línea recta hacia la garganta expuesta. Sheijuu rodó hacia un lado, sintiendo el filo negro clavarse en la roca justo donde había estado su cuello, y en el mismo giro, sin detenerse, se llevó la base de la mano a la cara y la empujó con un gruñido ahogado. El hueso volvió a su lugar con un crujido que le nubló la vista por completo durante el instante exacto en que no podía permitírselo, y aun así se impulsó de nuevo hacia arriba, ganando la distancia justa antes de que Azharel completara el siguiente ataque.
Escupió sangre. Cuando el mundo volvió a asentarse, había perdido la esquina exterior del campo visual izquierdo, y el ojo lloraba rojo sin que él pudiera hacer nada por evitarlo.
—Aprende —dijo Majull, seco.
Sheijuu no respondió.
Las piernas temblaban de una forma que no se corregía con voluntad. Azharel había vuelto a la distancia media, y las dos grietas, una detrás y otra delante de él, se abrían de nuevo, con una lentitud casi cortés.
Tres dragones a la vez se acercaban a toda velocidad desde tres ángulos distintos, obligando a Sheijuu a moverse en una secuencia que no le dejaba tiempo para nada más que sobrevivir el siguiente segundo. Uno lo alcanzó en el hombro ya herido, reabriendo el corte de la aguja anterior. Otro le arrancó un jirón de tela y algo de piel del antebrazo. El tercero lo obligó a rodar por el suelo, levantando una nube de polvo blanco que por un instante le quitó toda visibilidad.
Cuando salió de la nube, Azharel ya estaba encima, la aguja en la mano, describiendo un arco horizontal a la altura de las costillas. Sheijuu levantó la katana a tiempo, el choque de ambas hojas produciendo un sonido metálico y agudo que no se parecía a nada de lo que habían intercambiado hasta entonces, un timbre casi musical en el silencio absoluto del planeta. El impacto le sacudió los brazos hasta los hombros. Aguantó. Empujó con las piernas y ganó medio paso de terreno, lo suficiente para que el siguiente golpe de Azharel, en lugar de un corte limpio, se convirtiera en un forcejeo de fuerza bruta que ninguno de los dos podía ganar de forma definitiva sin ceder algo primero.
Fue Azharel quien cedió, siendo empujado de forma constante por los ojos de Sheijuu. Retrocedió medio metro, reposicionando el peso, y en ese medio metro una tercera grieta se formó a la derecha del Primordial, más pequeña en comparación que las otras dos. Sheijuu la vio abrirse, y Azharel desapareció, dejando una estela fina hacia la grieta detrás de él. Sheijuu decidió, sin poder explicar del todo por qué, que aquella iba a ser la definitiva. No había ninguna certeza real detrás de esa decisión. Solo el peso acumulado de todo lo que había aprendido en los últimos minutos, condensado en una sola apuesta que no tenía margen para equivocarse dos veces.
La sombra apareció.
Un instante. El suficiente esta vez.
Se movió antes de que el Primordial emergiera. No reaccionando sino anticipando, el cuerpo ejecutando el movimiento mientras la mente todavía confirmaba que era correcto. La katana ya estaba en el arco cuando Azharel cruzó la grieta con la aguja en la mano derecha.
No tuvo tiempo de esquivar completamente.
La hoja atravesó el hombro derecho y salió por el otro lado. El brazo cayó, con la mano todavía cerrada sobre la aguja, y la sangre salpicó la roca gris del planeta muerto con una claridad absoluta en el silencio sin atmósfera.
Azharel no gritó. Con el brazo izquierdo, en el mismo movimiento en que perdía el derecho, barrió hacia adelante y clavó el puño contra el costado izquierdo de Sheijuu, justo donde las costillas ya llevaban tiempo cediendo. Algo se rompió con un chasquido doble. Sheijuu salió despedido por el impulso de su propio corte y por el del golpe, rodando varios metros sobre la roca antes de detenerse boca abajo, con la katana todavía en la mano por pura terquedad de los dedos.
Cuando consiguió levantar la vista, Azharel estaba a varios cientos de metros, mirando el espacio vacío donde antes estaba su brazo. Había dolor en esa mirada, aunque amortiguado, filtrado por el mismo proceso que ya empezaba a cerrar el tejido en el muñón: los Primordiales sentían dolor, solo que su regeneración se lo opacaba, absorbiendo buena parte de lo que debería doler y dejando pasar el resto en una versión más pequeña, más manejable, de lo que habría sido para cualquier otra cosa. Lo que quedaba, sin embargo, no se parecía a la calibración fría de sus primeras evaluaciones. Era más simple que eso. Más incómodo.
Sheijuu respiraba a bocanadas cortas, con un silbido húmedo en el pecho que cada inspiración volvía más agudo. Veía por un ojo y medio. Las rodillas apenas lo sostenían. La Escencia disponible se le había reducido a una fracción de lo que había tenido al principio del combate, un fondo tibio y delgado.
Pero la katana seguía en su mano.
Y el brazo de Azharel seguía en el suelo.
Ninguno habló durante varios segundos.
El planeta muerto los sostenía a ambos en silencio, indiferente a lo que habían hecho con su superficie durante todo el combate, con la paciencia de roca antigua que no tiene ningún motivo para apresurarse porque ha estado aquí mucho antes que cualquiera de los dos y estará aquí mucho después.
Azharel levantó la vista del suelo.
Sus ojos blancos encontraron los de Sheijuu.
—Dije que aquí morías —murmuró Azharel, la voz más cercana a la incredulidad que a la amenaza que había sido la primera vez que pronunció esas palabras.
No esperaba respuesta. Y no la obtuvo.
---
Fin del Capítulo 44.
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