Sheijuu. [Español]
Capitulo 35: Las ciudades que se quedaron en silencio.
# Capítulo 35
## Las ciudades que se quedaron en silencio
Este planeta no tenía nombre. Al menos no uno que Sheijuu o Majull pudieran conocer. Simplemente apareció en su camino, un punto gris pálido entre la oscuridad del espacio, sin las vetas de color que habían caracterizado a los dos mundos anteriores. No tenía océanos brillantes ni ríos de fuego. Era una esfera apagada, como una piedra que hubiera estado demasiado tiempo expuesta al sol y hubiera perdido todo su color.
—Algo aquí está mal —dijo Majull, mientras se acercaban. Su voz tenía un tono que Sheijuu ya reconocía como el de alguien que está evaluando una amenaza que todavía no puede nombrar.
—¿Primordiales?
—No. Algo distinto. Este planeta tiene Escencia, pero es poca. Dispersa. No es tenue, pero está muy separada entre sí.
El descenso reveló un mundo de cielos grises permanentes, no por nubes de tormenta, sino por una capa fina y constante de polvo suspendido en la atmósfera, que filtraba la luz del sol distante hasta convertirla en algo pálido, casi enfermizo. Sheijuu aterrizó sobre lo que, en algún momento, debió ser una llanura fértil. Ahora era tierra agrietada, seca, con la textura quebradiza de algo que lleva mucho tiempo sin recibir agua suficiente. Restos de vegetación muerta se extendían en parches dispersos, esqueletos secos de árboles que probablemente, siglos atrás, habían formado bosques enteros. El viento movía el polvo en pequeñas nubes que se elevaban y se disipaban, y el único sonido era el crujido de la tierra seca bajo sus botas.
No había insectos aquí. Ningún zumbido, ningún movimiento entre la vegetación muerta, ni siquiera el tipo de vida diminuta y resistente que había encontrado en el planeta de fuego. El silencio tenía una calidad distinta al del volcán: no era la ausencia hostil de un mundo que todavía no permitía la vida, sino la ausencia posterior de un mundo que alguna vez la había tenido y la había perdido por completo. Sheijuu se descubrió caminando con más cuidado del necesario, como si temiera despertar algo que llevaba siglos durmiendo, aunque una parte de él sabía que no había nada que despertar.
—Esto no es obra de Primordiales —murmuró, observando el paisaje devastado. No había cráteres a la vista, ni la carencia absoluta de Escencia que dejaban a su paso. Solo una sensación de abandono, de algo que se había ido apagando lentamente, sin violencia, tal vez, y sin testigos.
—No —dijo Majull, tras una pausa—. Esto es obra de algo mucho más común en el universo.
—¿Qué quieres decir? ¿Que hay algo más que destruye mundos?
—Quiero decir que algunos mundos no necesitan que un Primordial los destruya. Algunas civilizaciones se destruyen perfectamente bien solas. La negligencia, el agotamiento de recursos, el conflicto prolongado... todo eso puede hacer lo mismo que un Primordial, solo que más despacio.
Caminó durante horas antes de encontrar el primer rastro real de aquella civilización desaparecida: una estructura de piedra, parcialmente derrumbada, que sobresalía de la tierra agrietada como un diente roto. La piedra era de un color gris oscuro, casi negro, y estaba cubierta de una capa de polvo que se desprendía al tocarla. Algunos bloques habían caído al suelo, formando montículos irregulares que la vegetación había empezado a colonizar con musgo seco y líquenes grises.
Se acercó con cautela, examinando los restos. La construcción había sido, en algún momento, considerable: muros gruesos, varios niveles, ventanas estrechas que sugerían un diseño pensado para resistir algo —clima extremo, quizás, o algo más deliberado. En una de las paredes interiores, todavía parcialmente protegida de la erosión por el techo derrumbado, encontró marcas. Escritura. No podía leerla, por supuesto. Los símbolos eran ajenos, geométricos, organizados en líneas que no seguían ningún patrón que reconociera de Sadoku, de las seis naciones, ni de ningún otro lugar que hubiera visitado hasta entonces. Pero algo en la forma en que estaban tallados, con cuidado, con una precisión que sugería dedicación, no urgencia, le hizo detenerse a observarlos durante mucho más tiempo del que había planeado. Eran pequeños y regulares, como si hubieran sido grabados con una herramienta muy fina, y algunos parecían repetirse a intervalos que podrían haber sido párrafos o frases.
—¿Puedes traducir esto? —preguntó.
Majull extendió su percepción sobre los símbolos, en silencio durante varios segundos. Sheijuu notó que el guardián estaba concentrado, como si estuviera comparando los símbolos con algo que había visto antes.
—No directamente. Pero puedo sentir algo en ellos. Una intención. Esto no era solo decoración. Era importante para quien lo escribió. Había un propósito detrás de cada trazo.
—¿Importante cómo?
—No lo sé con certeza. Pero el patrón se repite con una insistencia que sugiere advertencia, o quizás súplica. Como si estuvieran tratando de dejar un mensaje para alguien que vendría después.
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Sheijuu pasó los dedos sobre los símbolos tallados, sintiendo la piedra fría y áspera bajo su tacto. Las marcas eran profundas, hechas para durar, y en algunas de ellas todavía se podía ver el rastro de un pigmento oscuro que se había desvanecido con el tiempo. Notó que algunos trazos eran más profundos que otros, como si hubieran sido repasados varias veces, quizás por manos distintas a lo largo de los años, cada una añadiendo su propia insistencia al mismo mensaje incompleto. Se preguntó si aquello era obra de una sola persona, trabajando sola contra el tiempo, o de varias generaciones sucesivas, cada una heredando la tarea de terminar lo que la anterior no había alcanzado a completar.
—¿Crees que sabían lo que se acercaba?
—Probablemente. La mayoría de las civilizaciones que colapsan saben, en algún punto, que están colapsando. Lo que varía es si logran hacer algo al respecto a tiempo, o si simplemente dejan constancia de su existencia para que alguien más lo sepa después. A veces, la constancia es el único acto que queda.
Continuó explorando durante los días siguientes, encontrando más estructuras similares dispersas por la llanura agrietada: lo que parecían haber sido viviendas, organizadas en patrones que sugerían calles, plazas, algo parecido a una ciudad completa que el tiempo y el abandono habían reducido a esqueletos de piedra. Las calles, anchas y rectas, estaban cubiertas de una capa de polvo que se levantaba con cada paso, y en algunos lugares todavía se podían ver los restos de lo que podrían haber sido jardines o fuentes, ahora reducidos a hoyos secos donde solo crecían malas hierbas grises.
En una de esas viviendas, más grande que las demás y ubicada en lo que parecía haber sido el centro del asentamiento, encontró algo que lo detuvo por completo: una serie de pequeñas figuras talladas en piedra, del tamaño de su palma, alineadas cuidadosamente sobre lo que quedaba de una repisa. Representaban personas, aunque el estilo era tan estilizado que resultaba difícil distinguir edades o géneros. Algunas estaban más desgastadas que otras, como si hubieran sido manipuladas con frecuencia durante generaciones, pasadas de mano en mano, quizás heredadas de padres a hijos. Sheijuu tomó una entre los dedos, sintiendo su peso pequeño y sólido, y se preguntó qué habría significado para quien la esculpió, qué nombre habría tenido la persona que representaba, si es que representaba a alguien en particular y no solo una idea abstracta de familia.
No encontró cuerpos. Ni en las primeras estructuras, ni en las siguientes, ni en ninguna de las decenas de edificios que examinó durante aquella primera semana. Era como si la gente simplemente se hubiera ido, o como si hubieran desaparecido sin dejar rastro.
Aquella ausencia empezó a pesarle de una forma que no había anticipado. En Sadoku, incluso en los peores días de la guerra, los muertos se contaban, se lloraban, se enterraban con algún tipo de ceremonia, por mínima que fuera, y si no, al menos quedaban los huesos. Aquí no había nada de eso. Ni tumbas. Ni marcadores. Ni siquiera los esqueletos dispersos que uno esperaría encontrar tras un colapso tan completo. Solo edificios vacíos, calles vacías, un silencio que no se sentía como el silencio de la muerte, sino como el silencio de algo que nunca había terminado de contar su propia historia. Sheijuu recorrió una de las viviendas más pequeñas, deteniéndose ante lo que parecía haber sido una mesa, ahora reducida a un bloque de piedra desgastado, y se preguntó cuántas comidas se habrían compartido allí, cuántas conversaciones triviales, cuántas noches ordinarias antes de que todo empezara a desmoronarse.
—¿Evacuaron? —preguntó, observando una de las plazas centrales, ahora cubierta de tierra agrietada donde alguna vez, probablemente, hubo algún tipo de mercado o reunión pública. Aún se podían ver los restos de puestos de piedra, alineados en hileras que debieron haber estado llenos de actividad.
—Es posible. O los restos simplemente se descompusieron por completo con el tiempo, sin nadie que los enterrara o preservara. La ausencia de cuerpos no significa que no hubiera muertos. Solo significa que el tiempo hizo su trabajo.
—¿Cuánto tiempo, calculas?
Majull extendió su percepción sobre la antigüedad de la piedra, sobre el desgaste de los símbolos tallados, sobre la profundidad de la erosión en cada estructura. Sheijuu esperó en silencio, sintiendo el viento frío que movía el polvo a su alrededor.
—Siglos. Quizás más de mil años.
Sheijuu se sentó en el centro de aquella plaza vacía, observando las ruinas que lo rodeaban en todas direcciones, ciudades enteras que alguna vez habían bullido de vida, de conversaciones, de las mismas pequeñas cotidianidades que él había llegado a apreciar tanto durante sus meses en las Tierras olvidadas. Pensó en los Nahru, en sus plataformas de madera, en el olor a madera viva y a comida, en la forma en que la vida seguía su curso sin importar lo que pasara fuera de sus fronteras. Se preguntó, sin poder evitarlo, si los ríos que atravesaban ese bosque se habrían secado ya, si ahora lo que atravesaba los restos de la aldea de los Nahru eran solo cicatrices grises.
—¿Qué les pasó exactamente?
—Eso —respondió Majull, con un tono más sombrío de lo habitual— es algo que tendremos que descubrir explorando más. Pero si tuviera que adivinar, diría que se olvidaron de algo importante. O que decidieron que ya no importaba.
Sheijuu se quedó sentado en aquella plaza hasta que la luz gris del cielo empezó a oscurecerse, marcando el paso de otro día en un lugar donde el tiempo parecía haberse detenido hacía siglos para todos excepto para él. Pensó en lo extraño que era ser, quizás, el primer par de ojos en contemplar aquella plaza en mil años, el primer par de pies en pisar aquellas losas desde que sus constructores originales las habían abandonado o habían muerto sobre ellas. No sintió miedo. Sintió algo más parecido a una responsabilidad silenciosa, la sensación de haber sido, sin pedirlo, designado testigo de algo que de otra forma habría desaparecido sin que nadie más lo supiera jamás.
Esa noche armó su campamento entre las ruinas, tan cerca de la estructura de piedra como se atrevió, sintiendo que dejarla completamente atrás habría sido una especie de abandono. El viento seguía moviendo el polvo en pequeñas espirales que el resplandor de su fuego iluminaba brevemente antes de que la oscuridad las devorara de nuevo.
Fin del Capítulo 35
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