Sheijuu. [Español]
Capitulo 22: Gris hasta donde alcanza la vista.
# Capítulo 22
## Gris hasta donde alcanza la vista
Tardó tres días en llegar a las primeras tierras habitadas. O lo que quedaba de ellas.
El viaje fue lento, sin prisa, sin dirección clara más allá de "alejarse" y "seguir adelante". Sheijuu caminaba como quien se mueve en un sueño, sin percibir realmente el terreno bajo sus pies, sin registrar los cambios en el paisaje. El mundo era gris, pero también era borroso, como si sus ojos se hubieran vuelto incapaces de enfocar la realidad. A veces se detenía sin saber por qué. Otras veces seguía caminando sin saber hacia dónde.
El aire tenía un olor a polvo y a algo más, algo que no sabía nombrar pero que reconocía como el olor de algo que se está muriendo lentamente. No era putrefacción, no era ceniza. Era una ausencia, un vacío que se había instalado en el propio paisaje, como si la tierra hubiera dejado de respirar y el viento fuera solo un eco de lo que había sido.
Majull no hablaba mucho. Sheijuu no sabía si era consideración o si el guardián también estaba procesando lo que habían hecho, lo que habían visto, lo que había quedado atrás. Tal vez ambas cosas.
Fue al segundo día cuando encontró el primer rastro real de lo que el pilar había hecho.
Los látigos de cristal—o lo que quedaba de ellos—se extendían por el terreno como venas petrificadas, y en algunos lugares las raíces se habían hundido profundamente, drenando la vida de la tierra y dejando surcos de polvo y roca seca. Sheijuu los había visto desde lejos, sabía que existían, pero no había visto uno de cerca hasta entonces.
El látigo había impactado directamente sobre una aldea. No una de las grandes, no una ciudad, sino un pequeño asentamiento de unas pocas docenas de personas, apenas visible entre las colinas.
Sheijuu se detuvo al borde de lo que quedaba. El látigo había caído desde el cielo como una columna de cristal que luego se había desmoronado, transformándose en algo parecido al yeso, opaco y quebradizo. La mayor parte de las casas habían sido aplastadas, sus estructuras de madera reducidas a astillas, las paredes de piedra derrumbadas en montones irregulares. El polvo y la ceniza cubrían todo, y en algunos lugares, entre los escombros, Sheijuu podía ver restos que no sabía si eran de objetos o de personas. La descomposición ya había avanzado lo suficiente como para que las formas fueran indistinguibles, pero el olor era inconfundible.
Sheijuu no se acercó. No necesitaba hacerlo. Se quedó en el borde, observando, sintiendo el viento que movía el polvo en espirales lentas, el crujido de la tierra bajo sus botas, el silencio que había reemplazado a cualquier rastro de vida.
—No hay nada que hacer aquí —dijo Majull. Su voz sonaba distante, casi como si viniera de otro lugar, de otro tiempo.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué te has quedado?
Sheijuu no respondió de inmediato. No sabía por qué se había quedado. No sabía por qué hacía casi todo lo que hacía en aquellos días. Era como si estuviera flotando, sin dirección, sin propósito, sin gravedad. Caminaba porque caminar era lo único que podía hacer, y se detenía porque detenerse era lo único que podía hacer después.
Se quedó un momento más, observando el látigo de yeso, los escombros, los restos que no quería identificar. Luego se dio la vuelta y siguió caminando.
Esa noche encontró un ciervo.
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No era un ciervo normal, de los que había visto en los bosques de las Tierras Olvidadas, con sus cuernos extraños y su pelaje marrón que se confundía con la tierra. Este era distinto. Sus ojos eran blancos, translúcidos, con aquellas finas grietas de luz que Sheijuu había visto en los animales que miraban hacia el pilar. Estaba de pie en medio de un campo de tierra seca, temblando ligeramente, como si algo dentro de él estuviera fallando.
Sheijuu se detuvo a unos metros. Observó al animal. Sabía, sin necesidad de que Majull se lo dijera, que el ciervo estaba muriendo lentamente. No podía saber por qué, pero el movimiento de su costado era demasiado rápido, y sus patas parecían no poder sostenerlo del todo.
—¿Puedo hacer algo? —preguntó, más para sí mismo que para Majull.
—No —respondió el guardián—. Lo que ha hecho el pilar no se puede deshacer con una cura. Puede que tarde horas, o días, pero el resultado ya está decidido.
Sheijuu permaneció allí un rato, observando al ciervo, sintiendo el viento frío en su rostro. El animal no lo miraba. No parecía ser consciente de su presencia. Seguía temblando, y sus patas se doblaban ligeramente, como si el peso de su propio cuerpo fuera demasiado para lo que le quedaba de vida.
Sheijuu no hizo nada. No sabía qué hacer. No sabía si debía hacer algo. Simplemente se quedó allí, observando, hasta que el ciervo cayó de rodillas, y luego de costado, y sus movimientos se volvieron cada vez más lentos, hasta que dejaron de ocurrir del todo.
Entonces siguió caminando.
Al tercer día llegó a una zona donde el paisaje era aún más desolado. Los árboles estaban muertos, sus ramas desnudas apuntando al cielo gris como dedos acusadores. El suelo estaba cubierto de una capa de polvo que se levantaba con cada paso, y el silencio era tan absoluto que Sheijuu podía oír el sonido de su propia sangre en los oídos.
Y entonces vio el río.
O lo que había sido un río. El lecho estaba seco, agrietado, con pequeñas placas de barro endurecido que se desprendían al tocarlas. No quedaba nada de agua, solo un surco profundo en la tierra que marcaba el camino que el agua había seguido durante siglos, y que ya no seguía.
Sheijuu se arrodilló junto al borde del lecho seco, sintiendo la tierra polvorienta bajo sus manos. El recuerdo llegó sin aviso, como un destello, como un golpe en el pecho.
Shaara, sentada junto al río en la aldea, con los pies descalzos casi tocando el agua. El sonido de su risa, la forma en que su cabello se movía con el viento, la luz del sol reflejándose en el agua a su alrededor.
El recuerdo fue tan vívido que Sheijuu casi pudo sentir el calor del sol en su rostro. Casi pudo oler el agua y la hierba.
Y luego desapareció.
En su lugar, la imagen de Shaara muerta. El cuerpo inmóvil en la hierba, la sangre en el suelo, los ojos vacíos mirando al cielo. El mismo cielo gris que ahora se extendía sobre el lecho seco del río.
Sheijuu sintió algo que no había sentido desde que salió de la dimensión. Un nudo en la garganta, un peso en el pecho que no había sabido nombrar hasta ese momento. No podía evitarlo. Era como si todo el dolor, todo el vacío, todas las cosas que no había querido sentir durante los últimos días, se hubieran acumulado en su interior y ahora estuvieran saliendo a la fuerza.
Rompió a llorar.
No fue un llanto contenido, de esos que se pueden detener con un esfuerzo de voluntad. Fue un derrumbe, un colapso de todo lo que había estado conteniendo desde que Shaara había muerto, desde que la había visto caer, desde que la había enterrado con sus propias manos, desde que había comenzado a caminar sin rumbo, sin propósito, sin nada que lo sostuviera.
El llanto le salía del pecho en espasmos, y su rostro se contrajo en un gesto que no había mostrado en años, no desde que era un niño y lloraba sin saber que el dolor podía ser tan profundo. Las lágrimas se mezclaron con el polvo en su cara, formando pequeñas marcas que se secaban y se reabrían con cada nuevo sollozo. Su respiración era irregular, entrecortada, y Sheijuu notó que sus manos, apoyadas en el lecho seco del río, temblaban.
—Shaara... —el nombre salió de sus labios en un susurro que apenas era un sonido—. ¿Por qué...?
No terminó la pregunta. No sabía cómo terminarla. Ni siquiera sabía si había una respuesta.
Majull no dijo nada. El guardián guardó silencio, un silencio que no era ausencia sino acompañamiento, la misma forma en que se había quedado junto a él cuando había enterrado a Shaara, y Sheijuu notó que aquel silencio no era una indiferencia, sino un gesto de quien sabe que algunas cosas no se pueden arreglar con palabras.
Sheijuu lloró hasta que no le quedaron lágrimas. Y entonces se quedó allí, arrodillado junto al lecho seco del río, con la cabeza gacha y las manos apoyadas en la tierra polvorienta, sintiendo el viento frío en su rostro, y el silencio del paisaje que lo rodeaba. Por un momento, no era un adolescente obligado a madurar, ni un soldado ni un "casi algo" . Solo era alguien que había perdido a la única persona que le había hecho creer que podía tener un futuro distinto.
Y entonces, lentamente, se puso de pie. Su rostro estaba manchado por el polvo y las lágrimas, pero sus ojos eran distintos. No estaban vacíos ni desorientados, sino que tenían una expresión de determinación que Sheijuu no recordaba haber visto antes en sí mismo. Era la mirada de alguien que, por primera vez desde la muerte de Shaara, sabía exactamente lo que tenía que hacer.
Siguió caminando, pero esta vez no era solo "seguir caminando". Era un paso más hacia aceptar que el mundo que conocía ya no existía, y que nunca volvería a existir. Era un paso hacia el futuro que le quedaba, por vacío que fuera.
Majull continuó en silencio.
El viento siguió soplando, y la tierra siguió estando seca, y el río siguió sin fluir. Pero Sheijuu ya no era el mismo que había llegado a aquel lugar. El llanto había abierto algo en su interior, una fractura que no sanaría fácilmente, pero que al menos le permitía ver con claridad lo que tenía delante.
Y lo que tenía delante, lo que veía ahora, no era solo un desierto gris y desolado. Era un camino que él mismo tenía que recorrer, sin ayuda, sin atajos, sin la posibilidad de regresar a lo que había sido. Tenía que seguir adelante, aunque no supiera con certeza hacia dónde.
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**Fin del Capítulo 22.**
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